miércoles, 21 de enero de 2015

Docilidad del Corazón de Jesús ¡Eleva al Padre mi corazón!
Progresar en el conocimiento y amor al Corazón de Jesús es una gracia de Dios. Y también una maravillosa forma de mantener viva la piedad desde dentro, desde lo más profundo de nuestro ser. Tratando de mantener ese diálogo espontáneo de “Tú a tú”, del hijo al Padre; del hermano al Hermano; del siervo al Señor; del amigo al mejor Amigo; de la esposa al Esposo; del esposo a su Todo…
ventana_aire_frescoA Dios debe agradarle mucho que sus hijos, conforme nos vamos dejando permear, penetrar y conformar por las verdades de nuestra Fe, nos reafirmemos.
Es la buena y sana reafirmación, aquella que no huele a orgullo, ni a amor propio, ni a soberbia, ni a fijaciones mentales o adquiridas por ambiente… “porque las cosas son así, así se han hecho siempre”.
Paradójicamente, reafirmarse en Dios, en las cosas de Dios, en las verdades de nuestra fe católica, en los modos y formas para lanzarse a una acción apostólica guiada por el querer de Jesús, más bien huele o desprende: humildad, mansedumbre, paz, convicción, flexibilidad, valentía, ilusión, apertura… porque para quien confía en Dios, sabe que debe primar la docilidad, y que Él sea quien haga y deshaga, edifique y construya, atraiga y convierta.
Esa sana reafirmación no llega de la noche a la mañana, surge tras mucha oración, surge por la escucha interior al Señor y recurrir a Él una y otra vez. La escucha interior de forma natural conduce al discernimiento, pero primero ha tenido lugar la escucha a lo externo, a lo que nos rodea, a las personas, a cómo el tiempo nos va mostrando la realidad. Y entonces se pregunta: Señor, ¿y ahora qué? ¿cómo debo conducirme? ¿qué quieres que haga? ¿qué te agrada a ti más? ¿cómo hacer comunidad eclesial? ¿cómo ser tu instrumento para que otros te conozcan y amen? ¿Hay algo que deba cambiar o adquirir o renunciar? ¿En qué debo permanecer igual como hasta ahora, en qué no? “Eleva mi mirada al Padre y guíame”, podríamos decirle.
En ese proceso de abrirse a la presencia y al querer de Dios, el Espíritu concede una gran comprensión sobre la gran flexibilidad de Dios, y a la vez, la grandeza de la complejidad de lo humano. Por eso, hemos de remitirnos a Él constantemente. Los límites y fronteras interiores de lo accesorio van desapareciendo, y poco a poco la persona se va compenetrando en lo esencial de nuestra fe y del Corazón de Jesús, de sus actitudes y modos.
Grandes maestros de la docilidad y flexibilidad ante Dios y lo humano, pudieran ser -por ejemplo- nuestros últimos Papas, sobre todo Benedicto XVI y Francisco. Ambos, a su estilo, nos muestran su docilidad. Quizá porque ya subidos a la atalaya de la sede de Pedro, divisan más y más lejos y se reafirman en que el Señor lleva nuestra historia. Sin embargo, no les impide empujarnos con fuerza, con ilusión, con arrojo, ellos saben que la mies es mucha, los obreros pocos, y que el cáncer de la ausencia de Dios, de lo Sagrado y de la auténtica religiosidad ha minado las estructuras más profundas de la Iglesia en muchos, muchos lugares del mundo y de la misma existencia humana.
El Corazón de Jesús nos muestra con lo que sabemos de su vida aquí en la tierra, y sus mensajes ya una vez en el cielo, su continua mirada al Padre, su docilidad para desear agradarle en todo, su anhelo por nuestra salvación, su continua llamada a que actuemos movidos por un corazón lleno de amor, abierto, ilusionado, capaz de dar un giro a nuestros actos, formas adquiridas, pensamientos, si así Él nos lo sugiere.
Por eso hoy le pedimos al Corazón de Jesús un corazón dócil. La docilidad, inconscientemente la ligamos con el Espíritu Santo, pues es el Espíritu Santo quien susurra, puede modelarnos, guiarnos, darnos seguridad y confianza. Nos ayuda con sus dones, sus siete dones con sus catorce frutos ¡nada más y nada menos! También, ¿por qué no? Nos ayuda porque quiere darnos nuevas alas.
Jaculatoria para nuestro día de hoy: 

¡Docilidad del corazón de jesús! ¡eleva al padre mi corazón!


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