I. El acto de Consagración
y sus consecuencias
«Os consagro, en calidad de esclavo,
mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, dejándoos entero y
pleno derecho de disponer de mí y de cuanto me pertenece, sin excepción, según
vuestro beneplácito».
Domingo 1º Dependencia activa
1º Hijo
mío: ¿Has renovado a diario desde tu despertar, y después a menudo entre
el día, tu acto de entrega total a Jesús por mis manos? ¿Lo has hecho seriamente,
conscientemente, con la idea bien clara y la voluntad decidida de que me
abandonas realmente la propiedad de todo cuanto entra en esta donación?
2º ¿Has
vivido en la convicción y en el habitual pensamiento de que me
perteneces realmente y por entero? ¿Has respetado mis derechos de posesión
sobre todo cuanto me abandonaste, cuerpo y alma, sentidos y facultades, bienes
y fuerzas, no sirviéndote de todo ello más que a mi intención y con mi
aprobación?
3º ¿Me
has dicho habitualmente, al menos alguna vez durante el día, si podías
utilizar este cuerpo, estos sentidos, estas facultades, estos bienes que me
concediste?
4º Este
cuerpo que me consagraste,
¿lo has tratado únicamente según mis intenciones y deseos? ¿Lo has alimentado y
cuidado convenientemente, evitando negligencia, no usando y malgastando sus
fuerzas? ¿Lo has halagado, adulado, mimado, satisfaciendo todas sus exigencias
y caprichos? ¿No has hecho de él un objeto de vanidad ridícula y culpable, buscando
atraer las miradas de las criaturas? ¿Has tratado y vestido este cuerpo con
gran modestia? ¿No has hecho de él un instrumento de pecado, de escándalo, por
trazas y costumbres ligeras, llamativas o culpables? ¿Has castigado y reducido
a servidumbre este cuerpo pecaminoso con la práctica valiente de la
mortificación cristiana, restringiendo todo lo que es lujo y superfluo en el
descansar, en las comidas, en los muebles, en los vestidos, etc., yendo con
valentía a estorbarle en sus gustos y preferencias?
5º Estos ojos de un esclavo de amor, ¿no han
sido empleados en miradas peligrosas o culpables, en lecturas mundanas o en
espectáculos prohibidos, o al menos en curiosidades vanas y en miradas
inútiles?
6º Estos oídos, ¿no han servido para oír
canciones que turban, conversaciones peligrosas, en oír aquello que no te
incumbía, o en cualquier uso solamente curioso?
7º Esta boca o lengua, ¿no te han servido
para charlas contrarias a la modestia, a la caridad, o has hablado en horas en
que por la Regla o el Reglamento debías guardar silencio por razón de tu deber?
8º Tu imaginación y tu inteligencia, ¿las has utilizado
según mis deseos? ¿Las has hecho aplicarse generosamente, según los deberes de
tu estado, al estudio, a reflexionar, a meditar, a orar? ¿No hubo en tus ejercicios
de piedad distracciones consentidas, o más bien rechazadas con molicie? ¿No
tienes que reprocharte pensamientos peligrosos, imaginaciones ligeras y
sensuales, ensueños malsanos, curiosidades desordenadas?
9º
Tu corazón, ¿no ha consentido en antipatías naturales, evitando las personas
que no te agradan, criticando sus defectos, poniéndoles mala cara y negándote a ayudarles? Y en tu corazón, ¿no se ha deslizado algún afecto demasiado
natural, demasiado vivo o sensual,
que no entra para nada en las exigencias del estado de vida que tienes?
10º Tu voluntad, ¿ha estado habitualmente
unida a la de Jesús y la mía? Y de ordinario, ¿no buscas tu propia voluntad,
sin preocuparte en conocer y realizar ante todo la de Dios? Tu divisa, ¿no ha
sido la del verdadero esclavo de amor: «No mi voluntad sino la vuestra, oh
Jesús, oh María»?
11º Tus bienes temporales son míos... ¿Has
hecho uso de ellos con poco apego, sin depender de ellos? ¿No tienes un apego
excesivo a estos objetos: dinero, muebles, alhajas, vestidos? ¿No hay en tu
vida un lujo exagerado? ¿Has gastado en compras inútiles? ¿Has tenido en cuenta
mis deseos de dar una parte de tus bienes a obras piadosas o caritativas: los
pobres, las Misiones, las obras de propaganda mariana? ¿Has vivido mirando
hacia la sencillez y pobreza de Jesús y de tu Madre?
12º ¿Qué uso has hecho de tus fuerzas? ¿Cómo has empleado el
tiempo que me estaba consagrado? ¿Lo has utilizado de un modo serio, como lo
exigen tus deberes de estado y el reglamento de vida que te ha sido prescrito?
¿Has dado el tiempo necesario a tus ejercicios de piedad, al trabajo, etc.?
Este precioso tiempo, ¿no se ha malgastado en naderías, en cosas inútiles? ¡Qué
responsabilidad, qué cargos a la hora del juicio!
Lunes 2º Dependencia pasiva
13º Examina ahora, hijo muy
amado y esclavo querido, si has respetado bien en la práctica de tu vida «este
derecho pleno» que me habías reconocido «de disponer de ti y de cuanto
te pertenece, según mi beneplácito». ¿Has recibido con alegría, con sumisión,
o por lo menos resignado, lo que con Jesús decidí y dispuse respecto de ti?
14º ¿Has recibido con
agradecimiento la salud, y
has pensado en darme gracias por ella? ¿No has sido impaciente, no has
murmurado cuando tu cuerpo tuvo frío, cuando tuvo calor, hambre o sed,
incomodidades o dolencias o la enfermedad?
15º ¿Has aceptado resignado
cuando lo permití, que sufrieses algún quebranto en tu reputación, cuando te mostraron
menos confianza, menos afecto, cuando se te hizo la desconfianza manifiesta en
lo que te concernía a ti, cuando te calumniaron o injuriaron?
16º ¿Cuáles han sido tus
sentimientos cuando tuviste que sufrir merma en tus bienes temporales, cuando tuviste que soportar los
inconvenientes de la pobreza o de la indigencia?
17º ¿Te has sentido satisfecho
con humildad de los talentos que
se te otorgaron, de la condición social en que vives, de la situación de que
disfrutas, del cargo que tienes que cumplir, de las circunstancias en que
tienes que vivir...? Todo ello es voluntad de Jesús sobre ti y es la mía.
18º Tu alma, ¿no ha estado
inquieta, turbada, descontenta, cuando por la prueba, la enfermedad, la
muerte, disponía yo de tus familiares,
de los seres que querías, de la Congregación a la que perteneces? Tú me has reconocido
como Dueña y Soberana de cuanto es tuyo. Has de saber respetar mis derechos de
soberanía...
19º ¿Me has dejado fielmente
disponer del valor comunicable y alienable de tus buenas obras y oraciones?
¿Aquí no ha habido volver a recoger o al menos sentir su falta?
II. Las prácticas interiores
de la
perfecta devoción a la Santísima Virgen
Martes 1º Por María
20º Tú me prometiste «obedecerme
en todas las cosas». ¿He tenido habitualmente la directiva de tu
vida y de tus actos? ¿Me has sometido tus ideas, tus juicios, tus decisiones,
tus palabras, tus acciones? ¿No has contrariado conscientemente lo que yo te
mostraba? ¿No has actuado por tu propio movimiento, siguiendo las impresiones
de tu sensibilidad, las agudezas de tu carácter, los caprichos de tu voluntad?
21º ¿Me has consultado
en tus dudas, me has pedido habitualmente permiso para actuar, como
consulta sin cesar el niñito a su madre para saber lo que debe hacer? ¿Me has
dicho a menudo, con el corazón o con los labios: «Mi buena Madre, puedo hacer
esto, dejo dejar aquello»?
22º ¿Has hecho por obedecerme todo
cuanto dice Jesús? ¿Has pensado, juzgado, obrado, vivido según las máximas,
los preceptos y consejos del Evangelio de Jesús, y no según las máximas y el
espíritu del mundo, es decir, el evangelio de Satán?
23º Fuiste fiel desechando el pecado
grave sin duda, pero ¿lo has sido también con el venial, sobre todo en la lucha
contra el defecto dominante?
24º ¿Te has aplicado seria y
conscientemente a los deberes particulares de tu estado, cargos de la
familia, deberes profesionales, empleos, etc.?
25º ¿Has sido, como esclavo mío
de amor, modelo de obediencia a toda legítima autoridad? ¿Has reconocido
la autoridad de Jesús y la mía en tus superiores: padres, esposos, maestros,
poderes civiles, superiores eclesiásticos y religiosos sobre todo, director de
conciencia, etc.? ¿No ha sido tu obediencia natural, inspirada en las cualidades
o defectos de los que están revestidos de este poder? ¿No has discutido
y criticado las órdenes y consejos dados? ¿No hubo nunca excepciones
deliberadas, quizá, en tu obedecer? ¿No has obedecido de mala gana, murmurando,
con tristeza consentida o con rencor? ¿Has estado verdaderamente entregado
como un niño a tus superiores, yendo hacia la obediencia en vez de esquivarla?
Miércoles
26º ¿Has sido fiel, por
depender de mí, al reglamento de vida que te he prescrito, a la santa
Regla que te he propuesto? ¿Has dado fielmente a la oración, al trabajo, al
estudio, a la distracción, el tiempo que se daba para estos ejercicios? ¿No
hubo tal o cual punto de la regla en el que con frecuencia faltases? ¿Has sido
especialmente asiduo en tus ejercicios de piedad? ¿No los has omitido,
abreviado, hecho a medias o con laxitud y pereza?
27º ¿Reconociste mi voluntad y
mi dirección en todos los acontecimientos que te suceden y rodean? ¿Supiste
decir amén a cuanto te consuela y alegra; pero lo mismo a todo lo que te
contraría, te es molesto, te violenta, todo lo que te encoge y te hiere, todo
lo que te aplana y te abruma? ¿Aceptaste generosamente de la mano de Dios y de
la mía las molestias, incomodidades del mal tiempo, las contrariedades, las
enfermedades, los lutos?
28º ¿Escuchaste atento y
seguiste generosamente los llamamientos de mi gracia? ¿Me has negado tal
acto de caridad, tal pequeño sacrificio, tal acto de generosidad que yo te
pedía? ¿No existe tal acto de virtud que con sangre fría continúas negando a tu
amada Madre? ¿No habrás ahogado en tu corazón la llamada que hacía yo a una
vocación más elevada, a más perfecta santidad?
29º Y en tus ejercicios de
piedad, santa Misa, sagrada Comunión, meditación, etc., ¿has sido fiel renunciando
a tus propias disposiciones e intenciones? ¿Fiel uniéndote a tu Madre y
Maestra, invocando su ayuda, apoyándote en su merecimiento, revistiéndote
de sus virtudes? ¿Me has hecho entrega de ti mismo, como un instrumento,
hundiéndote en apacible silencio, con el fin de que yo pueda orar y obrar en ti
y por ti?
30º ¿Has tenido hacia mí los
sentimientos de confianza y abandono que tiene el niño para con
su buena madre? ¿Has recurrido a mi solicitud materna en «todo tiempo, en
todo lugar, y en todas las cosas»? ¿No has descuidado este llamamiento
confiado a mi socorro en los mínimos detalles de la vida, en las indecisiones
cotidianas de tu vida espiritual, en las horas dolorosas y graves de tu existencia?
¿No te dejas llevar por la agitación, la preocupación o el desaliento, en vez
de abandonar sencillamente en mí todo cuanto pueda inquietarte? ¿Me confías con
un abandono total la hora y circunstancias de tu muerte, el cuidado de tu
perfección y de tu salvación eterna?
Jueves 2º Con María
31º ¿He sido, después de Jesús,
el modelo de perfección que habitualmente pones ante tus ojos? ¿Has sido
fiel preguntándome a menudo: «Cómo haría esto mi buena Madre, si se
encontrara en mi lugar»?
32º ¿Has intentado copiar, respecto
de Dios, mi absoluta docilidad de esclava del Señor? ¿Has intentado vivir
mi Magnificat y buscar la gloria de Dios en cuanto haces, poniendo el
amor divino en tu vida entera y viviendo con la Trinidad Santísima en tu alma,
en un comercio incesante, muy respetuoso y filial?
33º ¿Has sido fiel a Jesús en
todo, por todo, no amando más que a El, no viviendo sino por El, no aspirando
sino a sus intereses, a su reinado, deseando siempre una más estrecha unión con
El?
34º ¿Has imitado mi humildad?
¿Has reconocido prácticamente que tus talentos, éxitos y virtudes vienen de
Dios? ¿Has considerado con frecuencia tu nada, tus defectos, tus miserias? ¿No
te has puesto por encima de los demás en pensamientos, palabras o actos? ¿Has
sentido alegría al ser desconocido y tenido en nada?
35º A ejemplo mío, ¿has sido
verdaderamente caritativo, amando al prójimo por Dios y por mí? ¿Has perdonado
toda falta e injuria y soportado con paciencia los defectos de los que te
rodean? ¿Has sido amable y atento a los deseos de los demás? ¿Has procurado
prestar servicios y dar gusto? ¿No has sido cobarde y egoísta cuando había que
molestarse, cansarse para servir al prójimo y hacer buenas obras? ¿No has
juzgado severamente, sospechando el mal con ligereza o hablando inútilmente de
los defectos ajenos?
36º ¿Cuál ha sido tu actitud hacia
Satanás y hacia el pecado? Yo soy odio viviente..., ¿y tú? ¿Luchaste
con valentía contra el pecado mortal o venial, hasta contra toda imperfección
voluntaria, contra todo lo que puede en algún grado manchar o empañar la
belleza de tu alma? ¿Trabajaste particularmente en ser perfectamente puro y
casto según tu estado de vida, en pensamientos, imaginaciones, palabras,
lecturas, y en toda tu conducta? ¿Tuviste odio de todo lo que bajo cualquier
pretexto conduce al mal, al pecado?
37º ¿Has renunciado a la falsa
sabiduría del mundo, que es opuesta al Evangelio de Jesús? ¿Has
combatido contra las seducciones del demonio o contra los negocios del mundo:
placeres funestos, diversiones peligrosas, lecturas que turban, modas malditas?
¿No habrás hecho obra de Satanás con tu vestir que te convertiría en sembrador
de pecado? ¿Con valentía y con constancia te has puesto del lado de Jesús y
mío, y has trabajado cuanto has podido para impedir el mal, el pecado, la
impureza, el escándalo, los excesos?
Viernes 3º En María
38º ¿No te has dejado llevar de
una vida disipada, frívola, no te han absorbido completamente tus ocupaciones
del exterior hasta el punto de olvidar la vida interior con Dios, Jesús y su
Madre, que tanto te aman?
39º ¿Has procurado entrar en
ti a menudo para encontrarme en el fondo de tu alma, ayudándote para ello
de pequeñas prácticas que te había enseñado: Avemaría al dar la hora,
imagen, medalla, sello mariano en tu vestir, jaculatorias, inscripción mariana
en cada página escrita, bendición que pides al salir de la habitación, etc.?
40º ¿Has intentado vivir
bajo mi mirada todas tus horas de oración, de trabajo, de descanso y de
entretenimiento, como el niño siente la necesidad de estar cerca de su madre?
41º ¿Trataste de retirarte al
fondo del santuario de tu alma, para encontrarme con Jesús en un frente a
frente delicioso? ¿Llegará tu alma a respirarme como sin cesar tus pulmones
respiran el aire?
Sábado 4º Para María
42º De ordinario, ¿cuál es el motivo
que inspira o determina tus actos? ¿Cuántas veces los has hecho por amor a
tus comodidades, vanidad y amor propio, para agradar a tal o cual criatura?
¡Esto no es ser esclavo de Jesús, esclavo de María!
43º ¿Has pensado con frecuencia
en ofrecer tus acciones por amor de Jesús y mío, para glorificarnos y para
agradarnos? ¿Has repetido a menudo: «Todo por Jesús, todo por María, todo
por amor tuyo, Madre mía amadísima»?
44º ¿Ha sido mi reinado el ideal
de tu vida, para llegar al bendito reinado de Cristo Rey? ¿Has pensado en
ello en tus momentos libres? ¿Has ofrecido por esta intención tus horas de
trabajo, sobre todo el que te resulta penoso? ¿Tus oraciones, sufrimientos,
contrariedades y pruebas? ¿Surge en tu mente todos los días ofrecer a este fin
tu última enfermedad, tu agonía y tu muerte?
45º ¿Has
tratado de atraer todo el mundo a mi servicio y a mi verdadera y sólida
devoción? ¿No has tenido pereza o cobardía, y por eso desperdiciaste a menudo
las ocasiones de darme a conocer, a amar, y de que me sirvieran del modo más
perfecto?
Conclusión
Ha
terminado el examen de conciencia. Humíllate profundamente ante tu gloriosa
Reina, al ver las numerosas faltas de que has sido culpable... ¡Perdón, oh
Madre divina, por haberte sido tan infiel! No quiero desanimarme: voy a
trabajar con energía y con perseverancia para ser un hijo más dócil y un
esclavo más fiel. Te prometo, querida Soberana, velar especialmente sobre este
punto..., en aquella ocasión... Ayúdame con tu gracia todopoderosa. En fin, con
Jesús, tu tesoro, dígnate, Madre, bendecirme.
No
te apures al ver la distancia que te queda por recorrer. Tu misma Madre
Inmaculada ha de ser tu «camino fácil, corto, perfecto y seguro», dice
San Luis María Grignion de Monfort.
¡Madre
mía, dame tú lo que me mandas, y mándame lo que quieras!
No hay comentarios:
Publicar un comentario