Ofrecimiento de sí mismo
para el reino de Jesús por María
Corazón amable y adorable de Jesús,
Rey de amor y Rey de gloria, que has estado siempre y totalmente entregado a
las cosas de tu Padre; que no has buscado tu gloria, sino la del Padre que te envió;
que has dedicado tu vida a una obra única, que dominaba y contenía todas las
demás, la glorificación del Padre y el reino de Dios; que has pedido este reino
y nos has enseñado a buscarlo y a pedirlo; que has deseado ardientemente ser
bautizado con un bautismo de sangre para realizar tu ideal divino; quiero
entrar en las más ocultas profundidades de tu Corazón y de tu vida, y asociarme
a tu misión divina, teniendo la humilde pero firme confianza de que te dignarás
aceptarme, siendo como soy nada y pecado, porque eres la misericordia infinita.
Oh
Jesús, mi deseo, mi aspiración, mi esperanza y mi único ideal es que Tú reines en las almas como Soberano
incontestado, que tu reino se apodere de ellas hasta en sus más intimas
profundidades, y que reines pronto,
oh divino Maestro.
«Adveniat regnum tuum! Amen, veni, Domine, et noli tardare: ¡Ven a reinar,
Señor, y no tardes!».
Me acuerdo, Maestro adorado, que no
has querido venir a este mundo más que dependiendo de tu Madre de muchas
maneras… Ella te fue indisolublemente asociada por el Padre en el anuncio, la
preparación, la realización y las consecuencias de tu venida. Ella es para ti,
celestial Adán, una Eva amante y fiel en todos tus trabajos, en todos tus
misterios, sobre todo en los más dolorosos. Por eso creo firmemente que sólo
por Ella concluirás lo que por Ella comenzaste; que no triunfarás sino con Ella
y por Ella, y que con Ella y por Ella Tú reinarás. A tu reino universal y
plenario, oh Rey de amor, has puesto una condición indispensable e infalible:
¡el reino de tu santísima Madre! Y has puesto en mi corazón, al igual que en el
de tus grandes preferidos, Juan, Margarita María, Montfort y tantos otros, una
gran inclinación hacia esta divina Madre. ¡Me has entregado a Ella como su hijo
y esclavo de amor!
¿Qué esperas, pues, de mí, Maestro,
sino que mi alma y toda mi vida pase en este grito suplicante?:
Ut adveniat regnum tuum,
adveniat regnum Mariæ!
¡Para que venga a nosotros tu reino, Jesús,
haz llegar el reino de tu Madre!
adveniat regnum Mariæ!
¡Para que venga a nosotros tu reino, Jesús,
haz llegar el reino de tu Madre!
Reina
gloriosa y Madre amadísima, Jesús mismo es quien me entrega a Ti: «Ecce
venio!: ¡Aquí me tienes!». Aquí tienes a tu esclavo, que desea ardientemente
ser tu apóstol silencioso y oculto. Me entrego y me consagro enteramente y para
siempre a tu reino ardientemente deseado. Tu reino, Reina mía, será el gran
pensamiento de mi vida, la pasión de mi corazón; será mi sueño, mi dicha y
mi tormento, la vida de mi vida, el alma de mi alma. Será el ideal único,
hacia el que convergirán todas las energías de mi ser.
Para
tu reino bendito, amadísima Soberana, te entrego todos los instantes de mi
vida, tanto los más humildes como los más solemnes, los más tristes como los
más consolados. Te doy todas las horas de trabajo y todas mis horas de oración,
aún más preciosas; te ofrezco todas mis horas de sacrificios y sufrimientos,
sobre todo los más temidos y sombríos, y las horas de humillación y de
abandono, de disgusto y de tristeza, mis dolencias y mi última enfermedad, mi
lucha suprema y mi muerte.
¡Ojalá
que en todo instante, Soberana mía, como un grano de trigo, caiga yo en tierra
y muera para darte una rica mies de gloria y una rica mies de almas!
¡Ojalá
que sepa disminuirme y desaparecer cada vez más para que Tú crezcas, Reina mía,
en las almas, y a fin de que Tú sola glorifiques a Jesús!
¡Levántate,
pues, oh María, y apresúrate a reinar! ¡Apresúrate, Reina, a reinar en todos
los corazones, para someterlos plenamente al imperio de amor de tu grande y
único Jesús! Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario