lunes, 12 de enero de 2015

El Secreto de María

(San Luis María Grignion de Montfort)

Portada
Introducción

1) Aquí tienes, alma predestinada, un secreto que me ha enseñado el Altísimo, y que en ningún libro antiguo ni moderno he podido encontrar. Voy a confiártelo con la gracia del Espíritu Santo; pero con estas condiciones:

1) Que no lo comuniques sino a las personas que lo merezcan, por sus oraciones, sus mortificaciones, sus limosnas, sus persecuciones, su abnegación y su celo por el bien de las almas.
2) Que te valgas de él para hacerte santa y espiritual; porque la importancia de este secreto se mide por el uso que de él se hace. Cuidado con cruzarte de brazos, sin trabajar; que mi secreto se convertirá en veneno y vendrá a ser tu condenación.
3) Que todos los días de tu vida des gracias a Dios, por el favor que te hace al enseñarte un secreto que no mereces saber.
Y a medida que lo vayas poniendo en práctica en las acciones ordinarias de la vida, comprenderás su precio y excelencia; que, al principio, por la multitud y gravedad de los pecados y aficiones secretas que te atan, sólo imperfectamente lo conocerás.

2) No te dejes llevar de ese deseo precipitado y natural de conocer la verdad, di primero devotamente, de rodillas, el Ave Maris Stella y el Veni Creador Spiritus, para pedir a Dios la gracia de entender y saborear este misterio divino.
Como tengo poco tiempo para escribir y tú tienes poco para leer, te lo diré en compendio.

Primera Parte
Necesidad de una verdadera devoción a María

I. La gracia de Dios es absolutamente necesaria.

3) Lo que de ti quiere Dios, alma que eres su imagen viva, comprada con la sangre de Jesucristo, es que llegues a ser santa, como Él, en esta vida, y glorificada, como Él, en la otra.
Tu vocación cierta es adquirir la santidad divina; y todos tus pensamientos, palabras y obras, tus sufrimientos, los movimientos todos de tu vida a eso se deben dirigir; no resistas a Dios, dejando de hacer aquello para que te ha criado y hasta ahora te conserva.
¡Qué obra tan admirable! El polvo trocado en luz, la horrura en pureza, el pecado en santidad, la criatura en su Creador, y el hombre en Dios. Obra admirable, repito, pero difícil en sí misma, y a la naturaleza por sí sola imposible. Nadie si no Dios con su gracia y gracia abundante y extraordinaria puede llevarla a cabo; la creación de todo el universo no es obra tan grande como ésta.

4) Y tú, alma, ¿cómo lo conseguirás? ¿Qué medios vas a escoger para levantarte a la perfección a que Dios te llama? Los medios de salvación y santificación son de todos conocidos; señalados están en el Evangelio, explicados por los maestros de la vida espiritual, practicados por los santos. Todo el que quiera salvarse y llegar a ser perfecto necesita humildad de corazón, oración continua, mortificación universal, abandono en la Divina Providencia y conformidad con la voluntad de Dios.

5) Para poner en práctica todos estos medios de salvación y santificación, nadie duda que la gracia de Dios es absolutamente necesaria y que, más o menos, a todos se da. Más o menos digo, porque Dios, a pesar de ser infinitamente bueno, no da a todos el mismo grado de gracia, aunque da a cada uno la suficiente. El alma fiel con mucha gracia hace grandes cosas, y con poca gracia, pequeñas. Lo que valora y hace subir de quilates nuestras acciones es la gracia dada por Dios y seguida por el alma. Estos principios son incontestables.

II. Para hallar la gracia de Dios hay que hallar a María.

6) Todo se reduce, pues, a hallar un medio fácil con que consigamos de Dios la gracia necesaria para ser santos, y éste es el que te voy a enseñar. Digo, pues, que para hallar esta gracia de Dios hay que hallar a María.

Porque:

7) 1) Sólo Maria es la que ha hallado gracia delante de Dios, ya para sí, ya para todos y cada uno de los hombres en particular; que ni los patriarcas, ni los profetas, ni todos los santos de la ley antigua pudieron hallarla.

8) 2) Ella es la que al Autor de toda gracia dio el ser y la vida, y por eso se la llama Mater gratiae, Madre de la gracia.

9) 3) Dios Padre, de quien todo don perfecto y toda gracia desciende como fuente esencial, dándole al Hijo, le dio todas las gracias; de suerte, que, como dice San Bernardo, se le ha dado en él y con él la voluntad de Dios.

10) 4) Dios la ha escogido por tesorera, administradora y dispensadora de todas las gracias, de suerte que todas las gracias y dones pasan por sus manos y conforme al poder que ha recibido (según San Bernardino) reparte Ella a quien quiere, como quiere, cuando quiere y cuanto quiere, las gracias del Eterno Padre, las virtudes de Jesucristo y los dones del Espíritu Santo.

11) 5) Así como en el orden de la naturaleza es necesario que tenga el niño padre y madre, así en el orden de la gracia es necesario que el verdadero hijo de la Iglesia tenga por Padre a Dios y a María por Madre; y el que se jacte de tener a Dios por padre, sin la ternura de verdadero hijo para con María, engañador es, que no tiene más padre que el demonio.

12) 6) Puesto que María ha formado la Cabeza de los predestinados, Jesucristo, tócale a ella el formar los miembros de esa Cabeza, los verdaderos cristianos: que no forman las madres cabezas sin miembros, ni miembros sin cabeza. Quien quiera, pues, ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia y de verdad, debe formarse en María, mediante la gracia de Jesucristo, que en ella plenamente reside, para de lleno comunicarse a los verdaderos miembros de Jesucristo, que son verdaderos hijos de María.

13) 7) El Espíritu Santo, que se desposó con María, y en Ella, por Ella y de Ella, produjo su obra maestra, el Verbo encarnado Jesucristo, como jamás la ha repudiado, continúa produciendo todos los días en Ella y por Ella a los predestinados, por verdadero aunque misterioso modo.

14) 8) María ha recibido de Dios particular dominio sobre las almas, para alimentarlas y hacerlas crecer en Él. Aun llega a decir San Agustín que en este mundo los predestinados todos están encerrados en el seno de María, y que no salen a la luz hasta que esta buena Madre les conduce a la vida eterna. Por consiguiente, así como el niño saca todo su alimento de la madre, que se lo da proporcionado a su debilidad, así los predestinados sacan todo su alimento espiritual y toda su fuerza de María.

15) 9) María es a quien ha dicho el Padre: "in Jacob inhabita", hija mía, mora en Jacob, es decir, en mis predestinados, figurados por Jacob; María es a quien ha dicho el Hijo: "in Israel haereditare", hereda en Israel, madre querida, es decir, en los predestinados; María es, al fin, a quien ha dicho el Espíritu Santo: "in electis meis mitte radices", arraiga fiel esposa, en mis elegidos. Quienquiera, pues, que sea elegido o predestinado, tiene a María por moradora de su casa, es decir, de su alma y la deja echar raíces de humildad profunda, de caridad ardiente y de todas las virtudes.

16) Molde viviente de Dios, forma Dei, llama San Agustín a María y, en efecto, lo es. Quiero decir que en ella sola se formó Dios hombre, al natural, sin que rasgo alguno de divinidad le faltara; y en ella sola también puede formarse el hombre en Dios, al natural, en cuanto es capaz de ello la naturaleza humana, con la gracia de Jesucristo.
De dos maneras puede un escultor sacar al natural una estatua o retrato: primera, con fuerza y saber y buenos instrumentos puede labrar la figura en materia dura e informe; y segunda, puede vaciarla en un molde. Largo, difícil, expuesto a muchos tropiezos es el primer modo; un golpe mal dado, de cincel o de martillo, basta, a veces, para echarlo a perder todo. Pronto, fácil y suave es el segundo, casi sin trabajo y sin gastos, con tal que el molde sea perfecto y que represente al natural la figura; con tal que la materia de que nos servimos sea manejable y de ningún modo resista a la mano.

17) El gran molde de Dios, hecho por el Espíritu Santo, para formar al natural un Hombre-Dios, por la unión hipostática, y para formar un hombre-Dios por la gracia, es María. Ni un solo rasgo de divinidad falta en este molde; cualquiera que se meta en él y se deje manejar, recibe allí todos los rasgos de Jesucristo, verdadero Dios; y esto de manera suave y proporcionada a la debilidad humana, sin grandes trabajos ni agonías; de manera segura y sin miedo de ilusiones, puesto que el demonio no tuvo ni tendrá jamás entrada en María, santa e inmaculada, sin la menor mancilla de culpa.

18) ¡Oh alma querida, cuánto va del alma formada en Jesucristo, por los medios ordinarios de la que, como los escultores, se fía de su pericia, y se apoya en su industria, al alma bien tratable, bien desligada, bien fundida, que sin estribar en sí, se mete dentro de María y se deja manejar allí por la acción del Espíritu Santo! ¡Cuántas tachas, cuántos defectos, cuántas tinieblas, cuántas ilusiones, cuánto de natural y humano hay en la primera! Y la segunda, ¡cuán pura es y divina y semejante a Jesucristo!

19) No hay ni habrá jamás criatura, sin exceptuar bienaventurados, ni querubines, ni serafines de los más altos en el mismo cielo, en que Dios sea más grande que en la divina María.
María es el paraíso de Dios y su mundo inefable, donde el Hijo de Dios entró para hacer maravillas, para guardarle y tener en él sus complacencias. Un mundo hecho para el hombre peregrino, que es la tierra que habitamos; otro mundo para el hombre bienaventurado, que es el paraíso; mas para sí mismo, ha hecho otro mundo y lo ha llamado María; mundo desconocido a casi todos los mortales de la tierra, e incomprensible a los ángeles y bienaventurados del cielo, que, admirados de ver a Dios tan elevado y lejano, tan escondido en su mundo que es la divina María, claman sin cesar: "Santo, Santo, Santo".

20) Feliz y mil veces feliz es en la tierra el alma a quien el Espíritu Santo revela el secreto de María para que lo conozca, a quien abre este huerto cerrado, para que en él entre, y esta fuente sellada para que de ella saque el agua viva de la gracia y beba en larga vena de su corriente. Esta alma hallará a Dios sólo, sin las criaturas, en esta amabilísima criatura, a Dios, a la vez, infinitamente santo y sublime, e infinitamente condescendiente y al alcance de nuestra debilidad. Puesto que en todas partes está Dios, en todas, hasta en los infiernos, se le puede hallar: pero no hay sitio en que la criatura encontrarle pueda tan cerca y tan al alcance de su debilidad como en María, pues para eso bajó a ella. En todas partes es el Pan de los fuertes y de los ángeles, pero en María es el Pan de los niños.

21) Nadie, pues, se imagine, como algunos falsos iluminados, que María, por ser criatura, es impedimento para la unión con el Creador. No es ya María quien vive, es Jesucristo sólo, es Dios sólo quien vive en ella. La transformación de María en Dios excede a la de San Pablo y otros santos más que el cielo se levanta sobre la tierra.
Sólo para Dios nació María, y tan lejos está de ¡retener! consigo a las almas que, por el contrario, hace que remonten hasta Dios su vuelo, y tanto más perfectamente las une con él, cuanto con ella están más unidas. María es eco admirable de Dios, que cuando se grita: María, no responde más que: Dios; y cuando con Santa Isabel se la saluda bienaventurada, no hace más que engrandecer a Dios. Si los falsos iluminados, de quienes tan miserablemente ha abusado el demonio, hasta en la oración, hubieran sabido hallar a María y por María a Jesús y por Jesús a Dios, no hubieran dado tan terribles caídas. Una vez que se ha encontrado a María, y por María a Jesús y por Jesús a Dios Padre, se ha encontrado todo bien, como dicen las almas santas. Inventa, etc. Quien dice todo, nada exceptúa: toda gracia y amistad cerca de Dios, toda seguridad contra los enemigos de Dios, toda verdad contra la mentira, toda facilidad para vencer las dificultades en el camino de la salvación, toda dulzura y gozo en las amarguras de la vida.

22) Y no es que esté exento de sufrimientos y cruces el que ha encontrado a María mediante la verdadera devoción: lejos de eso, más que a ningún otro le asaltan, porque María, que es la madre de los vivientes, da a sus hijos los trozos del Árbol de la Vida, que es la cruz de Jesucristo; mas al repartirles buenas cruces, les da gracias para llevarlas con paciencia y aun con alegría (de suerte que las cruces que da Ella a los suyos son cruces de dulce, almibaradas más bien que amargas); o si por algún tiempo gustas la amargura del cáliz, que necesariamente han de beber los amigos de Dios, la consolación y gozo que esta buena Madre hace suceder a la tristeza, les alienta infinito para llevar otras cruces, aun más amargas y pesadas.

III. Una verdadera devoción a María es indispensable.

23) La dificultad está, pues, en saber hallar de veras a la divina María, para dar con la abundancia de todas las gracias. Dueño absoluto, Dios puede por sí mismo comunicar lo que ordinariamente no comunica sino por medio de María; y negar que alguna vez así lo haga, sería temerario; pero según el orden establecido por la Divina Sabiduría, como dice Santo Tomás, no se comunica Dios ordinariamente a los hombres, en el orden de la gracia, sino por María. Para subir y unirse a Él, preciso es valerse del mismo medio de que Él se valió para descender a nosotros, para hacerse hombre y para comunicarnos sus gracias; y ese medio es una verdadera devoción a la Santísima Virgen.

Segunda Parte
En qué consiste la verdadera devoción a María

I. Varias verdaderas devociones a la Santísima Virgen.

24) Hay varias verdaderas devociones a la Virgen Santísima: no hablo aquí de las falsas.

25) Consiste la primera en cumplir con los deberes de cristiano, evitando el pecado mortal, obrando más por amor que por temor, rogando de tiempo en tiempo a la Santísima Virgen y honrándola como Madre de Dios, sin ninguna otra especial devoción para con ella.

26) La segunda tiene para la Virgen más altos sentimientos de estima, amor, veneración y confianza; induce a entrar en las cofradías del santo Rosario y del Escapulario, a rezar la corona o el santo Rosario, a honrar las imágenes y altares de María, a publicar sus alabanzas, a alistarse en sus congregaciones. Y esta devoción, al excluir de nuestra vida el pecado, es buena, santa y laudable; pero no es tan perfecta ni tan capaz de apartar a las almas de las criaturas y desprenderlas de sí mismas a fin de unirlas a Jesucristo.

27) La tercera devoción a la Santísima Virgen, de muy pocas personas conocida y practicada, es, almas predestinadas, la que os voy a descubrir.

II. La devoción perfecta a María.

1) En qué consiste.

28) Consiste en darse todo entero, como esclavo, a María y a Jesús por Ella; y en hacer todas las cosas con María, en María, por María y para María.
Voy a explicar estas palabras.

29) Hay que escoger un día señalado para entregarse, consagrarse y sacrificarse; y esto ha de ser voluntariamente y por amor, sin encogimiento, por entero y sin reserva alguna; cuerpo y alma, bienes exteriores y fortuna, como casa, familia, rentas; bienes interiores del alma, a saber: sus méritos, gracias, virtudes y satisfacciones.
Es preciso notar aquí que con esta devoción se inmola el alma a Jesús por María, con un sacrificio, que ni en orden religiosa alguna se exige, de todo cuanto el alma más aprecia; y del derecho que cada cual tiene para disponer a su arbitrio del valor de todas sus oraciones, limosnas, mortificaciones y satisfacciones; de suerte que todo se deja a disposición de la Virgen Santísima, que a voluntad suya lo aplicará, para la mayor gloria de Dios, que sólo Ella perfectamente conoce.

30) A disposición suya se deja todo el valor satisfactorio e impetratorio de las buenas obras; así que, después de la oblación que de ellas se ha hecho, aunque sin voto alguno, de nada de cuanto bueno hace es ya uno dueño; la Virgen Santísima puede aplicarlo; ya a un alma del purgatorio para aliviarla o libertarla, ya a un pobre pecador para convertirle.

31) También nuestros méritos los ponemos con esta devoción en manos de la Virgen Santísima; pero es para que nos los guarde, aumente y embellezca; puesto que ni los méritos de la gracia santificante, ni los de la gloria podemos unos a otros comunicarnos.
Dámosle, sin embargo, todas nuestras oraciones y obras buenas, en cuanto son satisfactorias e impetratorias, para que las distribuya y aplique a quien le plazca. Y si después de estar así consagrados a la Santísima Virgen, deseamos aliviar algún alma del purgatorio, salvar a algún pecador, sostener a alguno de nuestros amigos con nuestras oraciones, mortificaciones, limosnas, sacrificios, preciso es pedírselo humildemente a Ella, y estar a lo que determine, aunque no lo conozcamos: bien persuadidos de que el valor de nuestras acciones, administrado por las mismas manos (las de la Virgen) de que Dios se sirve para distribuirnos sus gracias y dones, no podrá menos de aplicarse a la mayor gloria suya.

32) He dicho que consiste esta devoción en entregarse a María en calidad de esclavo; y es de notar que hay tres clases de esclavitud.
La primera es esclavitud de naturaleza; buenos y malos son de esta manera esclavos de Dios.
La segunda es esclavitud forzada; los demonios y los condenados son de este modo esclavos de Dios.
La tercera es esclavitud de amor y voluntad; y con ésta debemos consagrarnos a Dios por medio de María, del modo más perfecto en que una criatura puede entregarse a su Creador.

33) Notad además que de criado a esclavo hay mucha diferencia. El criado pide paga por sus servicios; el esclavo, no. El criado está libre para dejar a su señor cuando quiera, y no le sirve sino a plazos, el esclavo no puede dejarle, pues se le ha entregado para siempre. El criado no da a su señor derecho de vida y muerte sobre su persona; el esclavo se le entrega por completo, de suerte que su señor puede hacerle morir sin que la justicia le inquiete.
Fácilmente se echa de ver que el esclavo forzado vive en la más estrecha de las sujeciones. Tal, que sólo puede convenir al hombre respecto de su Creador. Por eso entre los cristianos no hay tales esclavos; sólo entre los turcos e idólatras.

34) ¡Feliz y mil veces feliz el alma generosa que se consagra a Jesús por María, como esclava de amor, después de haber sacudido en el bautismo la esclavitud tiránica del demonio!

2) Excelencia de esta práctica.

35) Muchas luces necesitaría yo para describir perfectamente la excelencia de esta práctica; sólo de corrida tocaré algunos puntos.
1) El entregarse así a Jesús por María es imitar a Dios Padre, que no nos ha dado a Jesús sino por María, y que no nos comunica sus gracias sino por María; es imitar a Dios Hijo, que no ha venido a nosotros sino por María, y como nos ha dado ejemplo para que según hizo Él hagamos nosotros, nos ha invitado a ir a Él por el mismo camino que Él ha venido, que es María; es imitar al Espíritu Santo, que no nos comunica sus gracias y dones, sino por María "¿No es justo, dice San Bernardo, que vuelva la gracia a su Autor por el mismo canal por donde se nos ha transmitido?"

36) 2) Ir de este modo a Jesús por María es verdaderamente honrar a Jesucristo, pues es dar a entender que por razón de nuestros pecados, no somos dignos de acercarnos directamente ni por nosotros mismos a su infinita santidad, y que nos hace falta María, su Santísima Madre, para que sea nuestra abogada y mediadora con nuestro mediador que es Él. Esto es al mismo tiempo acercarnos a Él como medianero y hermano nuestro y humillarnos ante Él, como ante nuestro Dios y nuestro juez; es, en una palabra, practicar la humildad, que arrebata siempre el corazón de Dios.

37) 3) Consagrarse así a Jesús por María es poner en manos de María nuestras buenas acciones, que, aunque parezcan buenas, están muchas veces manchadas y son indignas de que las mire y las acepte Dios, ante quien no son puras las estrellas.
¡Ah!, roguemos a esta buena Madre y Señora, que después de recibir nuestro pobre presente, Ella lo purifique, Ella lo santifique, Ella lo suba de punto y lo embellezca de tal suerte, que le haga digno de Dios. Todas las rentas de nuestra pobre alma, para el Padre de familia Dios, son menos, para ganar su amistad y gracia, de lo que sería para un rey la manzana agusanada que para pagar su arriendo le presentara un pobre colono de su majestad. ¿Qué haría este pobre hombre si fuera listo y tuviera cabida con la reina? Benévola ella con el pobre campesino y respetuosa con el rey, ¿no quitaría a la manzana lo que tuviera de agusanado y de podrido y la pondría en fuente de oro, rodeada de flores? Y el rey, ¿no la recibiría sin inconveniente y aun con gusto, de manos de la reina, que tanto quiere al campesino? Modicum quid offerre desideras?, manibus Mariae tradere cura, si non vis sustinere repulsam. ¿Deseas ofrecer alguna poca cosa?, dice San Bernardo. Por manos de María procura entregarla, si no quieres sufrir repulsa.

38) ¡Ay, buen Señor! ¡qué poca cosa es todo cuánto hacemos! Pero pongámoslo, con esta devoción, en manos de María. Una vez que del todo nos hayamos dado a ella, en cuanto darnos podamos, despojándonos en su honor de todo, Ella, infinitamente más generosa, por un huevo dará un buey; Ella se comunicará del todo a nosotros, con sus méritos y virtudes; Ella colocará nuestros presentes en la bandeja de oro de su caridad; Ella, como Rebeca a Jacob, nos revestirá de los hermosos vestidos de su primogénito y unigénito Jesucristo, es decir, de sus méritos, que a la disposición de Ella están; y así, como esclavos y domésticos suyos, después de habernos despojado de todo para honrarla, tendremos dobles vestidos (omnes domestici ejus vestiti sunt duplicibus); trajes, galas, perfumes, méritos y virtudes de Jesús y de María, en el alma del esclavo de Jesús y de María, despojado de sí mismo y fiel en vivir su consagración.

39) 4) Entregarse así a la Santísima Virgen, es ejercitar en el más alto grado posible la caridad con el prójimo; puesto que es dar a María lo que más apreciamos para que de ello disponga, según su voluntad, en favor de vivos y difuntos.

40) 5) Esta es la devoción con que se ponen en seguro las gracias, méritos y virtudes, haciendo depositaria de ellos a María y diciéndola: "Toma, querida dueña mía: he aquí lo que con la gracia de tu querido Hijo he hecho de bueno; por mi debilidad e inconstancia, por el gran número y malicia de mis enemigos, que día y noche me acometen, no soy capaz de guardarlo. ¡Ay!, que todos los días estamos viendo caer en el lodo los cedros del Líbano, y venir a parar en aves nocturnas las águilas que se levantan hasta el sol! Así mil justos caen a mi izquierda y a mi diestra diez mil; pero Tú, mi poderosa y más que poderosa Princesa, tenme que no caiga; guarda todos mis bienes, que no me los roben; te confío en depósito todos mis bienes; Depositum custodi. - Scio cui credidi. Bien sé quién eres; por eso me confío por completo a Ti. Tú eres fiel a Dios y a los hombres y no permitirás que perezca nada de cuanto a Ti se confía; eres poderosa y nadie podrá dañarte, ni arrebatarte de entre las manos lo que tienes. Ipsam sequens non devias; ipsam rogans non desperas; ipsam cogitans non erras; ipsa tenente, non corruis; ipsa protegente, non metuis; ipsa duce, non fatigaris; ipsa propitia, pervenis (San Bernardo, Inter flores, cap. 135), y en otra parte: Detinet Filium ne percutiat; detinet diabolum ne noceat; detinet virtutes ne fugiant; detinet merita ne pereant; detinet gratiam, ne effluat. Estas son palabras de San Bernardo, que en sustancia expresan todo lo que acabo de decir. Aunque no hubiera otro motivo para excitarme a esta devoción, sino el ser medio seguro para conservar y aumentar en mí la gracia de Dios, debía yo abrasarme de entusiasmo por ella.

41) Esta devoción torna el alma verdaderamente libre, con la libertad de los hijos de Dios. Ya que por amor a María se reduce uno a la esclavitud, esta querida Señora le ensancha y dilata en recompensa el corazón, y le hace marchar a pasos de gigante por el camino de los mandamientos de Dios. Ahuyenta el disgusto, la tristeza y el escrúpulo. Esta fue la devoción que el Señor enseñó a la madre Inés de Jesús, como medio seguro para salir de grandes penas y perplejidades en que se hallaba "Hazte esclava de mi Madre", le dijo. Hízolo así, y al momento sus penas cesaron.

42) Para autorizar esta devoción convendría contar aquí las bulas e indulgencias de los Papas, los decretos de los Obispos en favor suyo, las cofradías establecidas en su honor, el ejemplo de muchos santos y grandes personajes que la han practicado; pero todo esto lo paso en silencio.

3) Su fórmula interior y espíritu.

43) He dicho, además, que esta devoción consiste en hacer todas las cosas con María, en María, por María y para María.

44) No basta entregarse por esclavo a María una vez sola; ni aun es bastante hacerlo todos los meses o todas las semanas. Devoción harto pasajera sería ésa, que no elevaría el alma a la perfección a que, si bien se practica, la puede levantar. No es muy difícil alistarse en una cofradía, ni aun abrazar esta devoción y rezar diariamente algunas oraciones prescritas; lo difícil es entrar en el espíritu de ella, que es hacer que el alma en su interior dependa y sea esclava de la Santísima Virgen y de Jesús por Ella.
Muchas personas he hallado que con admirable entusiasmo se han sometido a tan santas esclavitudes exteriormente; pero muy pocas que hayan cogido el espíritu de esta devoción y menos todavía que hayan perseverado en él.

Obrar con María.
 
45) 1) La práctica esencial de esta devoción consiste en hacer todas las acciones con María; es decir, tomar a la Virgen Santísima por modelo acabado en todo lo que se ha de hacer.

46) Por eso antes de hacer cualquier cosa hay que desnudarse de sí mismo y de sus mejores modos de ver; hay que anonadarse delante de Dios, como quien de su cosecha es incapaz de todo bien sobrenatural y de toda acción útil para la vida eterna; hay que recurrir a la Virgen Santísima y unirse a sus intenciones, aunque no se conozcan; hay que unirse por María a las intenciones de Jesucristo, es decir, ponerse en manos de la Virgen Santísima como instrumento, para que Ella obre en nosotros, y haga de nosotros lo que bien le parezca, para gloria de su hijo Jesucristo, para gloria del Padre: de suerte que no haya vida interior, ni operación del espíritu que de ella no dependa.

Obrar en María.

47) 2) Hay que hacer todas las cosas en María, es decir, que hay que irse acostumbrando a recogerse dentro de sí mismo, para formar una pequeña idea o retrato espiritual de la Santísima Virgen. Ella será para el alma oratorio en que dirija a Dios sus plegarias, sin temor de ser desechada. Torre de David para ponerse en seguro contra los enemigos. Lámpara encendida para alumbrar las entrañas del alma y abrasarla en amor divino. Recámara sagrada para ver a Dios con Ella. María, en fin, será únicamente para esta alma su recurso universal y su todo. Si ruega será en María; si recibe a Jesús en la Sagrada Comunión le meterá en María para que allí tenga Él sus complacencias. Si algo hace será en María; y en todas partes y en todo hará actos de desasimiento de sí misma.

Obrar por María.

48) 3) Jamás hay que acudir a Nuestro Señor, sino por medio de María, por su intercesión y su crédito para con él, de suerte que nunca nos hallemos solos cuando vayamos a pedirle.

Obrar para María.

49) 4) Finalmente, hay que hacer todas las acciones para María, es decir, que como esclavos que somos de esta augusta Princesa, no trabajemos más que para Ella, para su provecho y gloria, como fin próximo y para gloria de Dios, como fin último. Debe esta alma en todo lo que hace, renunciar al amor propio, que casi siempre, aun sin darse cuenta, se toma a sí mismo por fin, y repetir muchas veces en el fondo del corazón: por Vos, mi amada Señora, hago esto o aquello, voy aquí o allá, sufro tal pena o tal injuria.

50) Guárdate bien, alma predestinada, de creer que lo más perfecto es ir todo derecho a Jesús, todo derecho a Dios; tu obra, tu intención poco valdrá; pero yendo por María será la obra no tuya, sino de María en ti, y será por consiguiente, muy levantada y muy digna de Dios.

51) Guárdate bien, además, de hacerte violencia para sentir y gustar lo que dices y haces; dilo y hazlo todo con la fe que María tuvo en la tierra, y que con el tiempo Ella te comunicará. Deja a tu Soberana, pobre esclavillo, la vista clara de Dios, los transportes, los gozos, los placeres, las riquezas, y no tomes para ti más que la fe pura, llena de disgusto, de distracciones, de fastidio, de sequedad. Di: Amén, así sea, a cuanto hace María, mi Reina, en el cielo; para mí es lo mejor que puedo hacer ahora.

52) Tampoco te atormentes, si no gozas tan pronto de la dulce presencia de la Santísima Virgen. No es para todos esta gracia. Y cuando por su gran misericordia favorece Dios con ella, muy fácilmente el alma la pierde, si no es fiel en recogerse con frecuencia. Si tal desgracia te ocurriese, vuélvete dulcemente a tu Soberana y pídele perdón.

4) Efectos maravillosos que produce en un alma fiel.

53) Infinitamente más de lo que aquí te digo, te enseñará la experiencia y tantas riquezas y gracias hallarás en la práctica si eres fiel en lo poco que aquí te enseño, que te quedarás sorprendido y con el alma llena de júbilo.

54) Trabajemos, pues, alma querida, y hagamos de manera que por la fiel práctica de esta devoción, el alma de María esté en nosotros para engrandecer al Señor, el espíritu de María esté en nosotros para regocijarse en Dios su Salvador. Palabras son éstas de San Ambrosio: Sit in singulis anima Mariae ut magnificet Dominum, sit in singulis spiritus Mariae ut exultet in Deo. No creas que haya mayor gloria y felicidad en morar en el seno de Abrahán, que se llama paraíso, que en el seno de María, en el que el Señor ha puesto su trono. Son palabras del sabio Abad Guerrico: Ne credideris majoris esse felicitatis habitare in sinu Abrahae, qui vocatur Paradisus, quam in sinu Mariae in quo Dominus thronum suum posuit.

55) Infinidad de efectos produce en el alma esta devoción fielmente practicada; pero el principal es hacer que de tal modo viva María en un alma de la tierra, que no sea ya más el alma quien vive, sino María en ella; porque, por decirlo así, el alma de María viene a ser su alma. Pues cuando por una gracia inefable, pero verdadera, la divina María es Reina del alma, ¿qué maravillas no hace en ella? Como es Ella la obradora de las grandes maravillas, sobre todo dentro de los corazones, trabaja allá, a escondidas del alma misma: que si se diera cuenta de esas obras echaría a perder su hermosura.

56) Como Ella es dondequiera la Virgen fecunda, en todas las almas en que vive hace brotar la pureza de corazón y de cuerpo, la pureza de intenciones y designios y la fecundidad de buenas obras. No creas, alma querida, que María, la más fecunda de todas las criaturas, la que llegó hasta el punto de producir un Dios, permanezca ociosa en un alma fiel. Ella sin cesar hará vivir el alma en Jesucristo y hará vivir a Jesucristo en el alma. Filioli mei, quos iterum parturio donec formetur Christus in vobis (Gál 4,19). Si, como lo fue al nacer en el mundo, es Jesucristo fruto de María en cada una de las almas; sin duda que en aquellas donde Ella habita es singularmente Jesucristo fruto y obra maestra suya.

57) En fin, que para estas almas María viene a serlo todo junto a Jesucristo. Ella esclarece su espíritu con su fe pura. Ella profundiza su corazón con su humildad. Ella con su caridad le acrecienta y le abrasa. Ella le purifica con su pureza. Ella le ennoblece y ensancha con su maternidad. Pero, ¿adónde voy a parar? No hay modo de enseñar, sino se experimentan, estas maravillas de María, maravillas increíbles a las gentes sabias y orgullosas, y aun al común de los devotos y devotas.

58) Así como por María, vino Dios al mundo la vez primera en humildad y anonadamiento, ¿no podría también decirse que por María vendrá la segunda vez, como toda la Iglesia le espera, para reinar en todas partes y juzgar a los vivos y a los muertos? ¿Cómo y cuándo?, ¿quién lo sabe? Pero yo bien sé que Dios, cuyos pensamientos se apartan de los nuestros más que el cielo de la tierra, vendrá en el tiempo y en el modo menos esperado de los hombres, aun de los más sabios y entendidos en la Escritura Santa, que está en este punto muy oscura.

59) Pero todavía debe creerse que al fin de los tiempos, y tal vez más pronto de lo que se piensa, suscitará Dios grandes hombres llenos del Espíritu Santo y del espíritu de María por los cuales esta Divina Soberana hará grandes maravillas en la tierra para destruir en ella el pecado y establecer el reinado de Jesucristo su Hijo sobre el corrompido mundo; y por medio de esta devoción a la Santísima Virgen, que no hago más que descubrir a grandes rasgos, empequeñeciéndola con mi miseria, estos santos personajes saldrán con todo.

5) Prácticas exteriores.

60) Además de la práctica interior de esta devoción, que acabo de describir, hay otras exteriores, que no se deben omitir ni despreciar.

Consagración y renovación.

61) La primera es entregarse, en algún día señalado, a Jesucristo, por manos de María, cuyos esclavos nos hacemos, comulgar al efecto en ese día y pasarlo en oración. Y esta consagración ha de renovarse por lo menos todos los años en el mismo día.

Ofrenda de un tributo a la Santísima Virgen.

62) La segunda dar todos los años en el mismo día un pequeño tributo a la Santísima Virgen en testimonio de servidumbre y dependencia; tal es siempre el homenaje de los esclavos para con sus señores. Consiste, pues, este tributo en alguna mortificación, limosna o peregrinación, o en algunas oraciones. El bienaventurado Marín, según testifica su hermano San Pedro Damiano, tomaba todos los años en el mismo día la disciplina pública delante de un altar de la Santísima Virgen. No pido ni aconsejo este fervor; pero, si no se le da mucho a María, debe al menos ofrecerse lo que se le presente con humildad y agradecido corazón.

Celebrar especialmente la fiesta de la Anunciación.

63) La tercera es celebrar todos los años con devoción particular la fiesta de la Anunciación, que es la fiesta principal de esta devoción establecida para honrar e imitar la dependencia en que el Verbo eterno por amor nuestro en este día se puso.

Rezar la Coronilla de la Santísima Virgen y el Magnificat.

64) La cuarta práctica externa es rezar todos los días (sin que haya obligación bajo pena de pecado por faltar a ello) la Coronilla de la Santísima Virgen compuesta de tres Padrenuestros y doce Avemarías, y rezar frecuentemente el Magnificat, que es el único cántico que tenemos de María, para dar gracias a Dios por sus beneficios y para atraer otros nuevos; sobre todo no se ha de dejar de decir después de la Sagrada Comunión, para dar gracias, como según opina el sabio Gersón, la Santísima Virgen lo decía.

Llevar la cadenilla.

65) La quinta es llevar una cadenilla bendita al cuello, al brazo o al pie o a través del cuerpo. Esta práctica puede en absoluto omitirse, sin perjuicio de lo esencial de esta devoción; sin embargo, será pernicioso despreciarla y condenarla y peligroso descuidarla.
He aquí las razones de llevar esta señal exterior: 1) Para librarse de las funestas cadenas del pecado original y actual, que nos han tenido atados. 2) Para honrar las sogas y ataduras amorosas con que nuestro Señor tuvo a bien ser atado para tornarnos verdaderamente libres. 3) Ya que estas ataduras son de caridad, traham eos in vinculis caritatis, para hacernos recordar que sólo debemos obrar movidos por esta virtud. 4) Y en fin, para recordarnos nuestra dependencia de Jesús y de María en calidad de esclavos, pues acostumbraban éstos a llevar cadenas semejantes.
Muchos grandes hombres que se hicieron esclavos de Jesús y María estimaban tanto estas cadenas, que se quejaban de que no se les permitiera arrastrarlas públicamente a los pies como los esclavos de los turcos.
¡Oh cadenas más preciosas y más gloriosas que los collares de oro y piedras preciosas de todos los emperadores porque nos atan a Jesucristo y a su Santísima Madre y son su marca y librea!
Hay que notar que conviene que estas cadenas si no son de plata, sean al menos de hierro, para llevarlas con comodidad.
No deben dejarse nunca durante la vida, para que nos acompañen hasta el día del juicio. ¡Qué gozo, qué gloria, qué triunfo para el consagrado, cuando al sonido de la trompeta resucite adornado todavía con esta cadena, que, probablemente, no se habrá gastado aún! Este solo pensamiento bastaría para que te animes poderosamente a no dejarla nunca, por incómoda que pueda parecerte.

Oraciones
Oraciones a Jesús y a María

Oración a Jesús

66) Dejadme, amabilísimo Jesús mío, que me dirija a Vos, para atestiguaros mi reconocimiento por la merced que me habéis hecho con la devoción de la esclavitud, dándome a vuestra Santísima Madre para que sea Ella mi abogada delante de vuestra Majestad, y en mi grandísima miseria mi universal suplemento. ¡Ay, Señor! tan miserable soy, que sin esta buena Madre, infaliblemente me hubiera perdido. Sí, que a mí me hace falta María, delante de Vos y en todas partes; me hace falta para calmar vuestra justa cólera, pues tanto os he ofendido y todos los días os ofendo; me hace falta para detener los eternos y merecidos castigos con que vuestra justicia me amenaza, para miraros, para hablaros, para pediros, para acercarme a Vos y para daros gusto; me hace falta para salvar mi alma y la de otros; me hace falta, en una palabra, para hacer siempre vuestra voluntad, buscar en todo vuestra mayor gloria.
¡Ah, si pudiera yo publicar por todo el universo esta misericordia que habéis tenido conmigo! ¡Si pudiera hacer que conociera todo el mundo que si no fuera por María estaría yo condenado! ¡Si yo pudiera dignamente daros las gracias por tan grande beneficio! María está en mí. Haec facta est mihi. ¡Oh, qué tesoro! ¡Oh, qué consuelo! Y, de ahora en adelante, ¿no seré todo para Ella? ¡Oh, qué ingratitud! Antes la muerte. Salvador mío queridísimo, no permitáis tal desgracia, que mejor quiero morir que vivir sin ser todo de María.
Mil y mil veces, con San Juan Evangelista al pie de la cruz, la he tomado en vez de todas mis cosas. ¡Cuántas veces me he entregado a Ella! Pero si todavía no he hecho esta entrega a vuestro gusto, la hago ahora, mi Jesús querido, como Vos queréis la haga. Y si en mi alma o en mi cuerpo veis alguna cosa que no pertenezca a esta Princesa augusta, arrancadla, os ruego, arrojadla lejos de mí; que no siendo de María, indigna es de Vos.

67) ¡Oh, Espíritu Santo! Concededme todas las gracias, plantad, regad y cultivad en mi alma el Árbol de la Vida verdadero, que es la amabilísima María, para que crezca y florezca y dé con abundancia el fruto de vida. ¡Oh, Espíritu Santo! Dadme mucha devoción y mucha afición a María, vuestra divina Esposa; que me apoye mucho en su seno maternal y recurra de continuo a su misericordia, para que en ella forméis dentro de mí a Jesucristo, al natural, grande y poderoso, hasta la plenitud de su edad perfecta. Amén.

Oración a María
para sus fieles esclavos

68) Salve, María, amadísima Hija del Eterno Padre; salve, María, Madre admirable del Hijo; salve, María, fidelísima Esposa del Espíritu Santo; salve, María, mi amada Madre, mi amable Señora, mi poderosa Soberana; salve, mi gozo, mi gloria, mi corazón y mi alma. Vos sois toda mía por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia. Pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Vos todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada ni para mí, ni para otros.
Si algo veis en mí que todavía no sea vuestro, tomadlo en seguida, os lo suplico, y haceos dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrade a Dios y plantad, levantad y producid todo lo que os guste.
La luz de vuestra fe disipe las tinieblas de mi espíritu; vuestra humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; vuestra contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; vuestra continua vista de Dios llene de su presencia mi memoria, el incendio de caridad de vuestro corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a vuestras virtudes mis pecados; vuestros méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haced, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el vuestro para conocer a Jesucristo y su divina voluntad; que no tenga más alma que la vuestra para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el vuestro para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Vos.

69) No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Vos el ver claro, sin tinieblas; para Vos el gustar por entero sin amargura; para Vos el triunfar gloriosa a la diestra de vuestro Hijo, sin humillación; para Vos el mandar a los ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios.
Esta es, divina María, la mejor parte que se os ha concedido, y que jamás se os quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro, sino el experimentar el que Vos tuvisteis: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Vos, sin interés, como el más vil de los esclavos. La sola gracia, que por pura misericordia os pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén (así sea) a todo lo que hicisteis sobre la tierra cuando vivíais; amén a todo lo que hacéis al presente en el cielo; amén a todo lo que hacéis en mi alma, para que en ella no haya nada más que Vos, para glorificar plenamente a Jesús en mí, en el tiempo y en la eternidad. Amén.

Conclusión

Cultivo y crecimiento del Árbol de la Vida
o en otros términos: manera de hacer que
María viva y reine en nuestras almas

1) La Santa Esclavitud de amor. El Árbol de la Vida.

70) Alma predestinada, ¿has comprendido por obra del Espíritu Santo lo que acabo de decirte? Entonces da gracias a Dios; que es un secreto que casi todo el mundo ignora. Si has hallado el tesoro escondido en el campo de María, la perla preciosa del Evangelio, tienes que venderlo todo para comprarla; tienes que hacer el sacrificio de ti mismo en manos de María y perderte dichosamente en Ella para hallar allí a Dios sólo.
Si el Espíritu Santo ha plantado en tu alma el verdadero Árbol de la Vida que es la devoción que acabo de explicarte, has de poner todo cuidado en cultivarle para que dé fruto a su tiempo. Es esta devoción el grano de mostaza de que habla el Evangelio, que siendo, al parecer, el más pequeño de los granos, llega, sin embargo, a ser muy grande: y tan alto sube su tallo, que las aves del cielo, es decir, los predestinados, anidan en sus ramas y en el calor del sol reposan a su sombra y en él se guarecen de las fieras.

2) Manera de cultivarle.

He aquí la manera de cultivarle:

71) 1) Plantado este árbol en un corazón muy fiel, quiere estar expuesto a todos los vientos, sin apoyo alguno humano; este árbol, que es divino, quiere estar siempre sin criatura alguna que le pudiera impedir levantarse a su principio, que es Dios. Así que no ha de apoyarse uno en su industria, o en sus talentos naturales, o en el crédito o en la autoridad de los hombres, hay que recurrir a María y apoyarse en su socorro.

72) 2) El alma, donde este árbol se ha plantado, ha de estar, como buen jardinero, sin cesar ocupada en guardarle y mirarle. Porque este árbol que es vivo y debe producir frutos de vida, quiere que se le cultive y haga crecer con el continuo mirar o contemplación del alma. Y éste es el efecto del alma perfecta, pensar en esto continuamente, de modo que sea ésta su principal ocupación.

73) Hay que arrancar y cortar las espinas y cardos, que con el tiempo pudieran ahogar este árbol e impedir que diera fruto: es decir, que hay que ser fiel en cortar y tronchar, con la mortificación y violencia a sí mismo, todos los placeres inútiles y vanas ocupaciones con las criaturas; en otros términos: crucificar la carne, guardar silencio y mortificar los sentidos.

74) 3) Hay que tener cuidado de que las orugas no le dañen. Estas orugas que comen las hojas verdes y destruyen las hermosas esperanzas de fruto que el árbol daba, son el amor propio y el amor de las comodidades: porque el amor de sí mismo y el amor de María no se pueden en manera alguna conciliar.

75) 4) No hay que dejar que las bestias se acerquen a él. Estas bestias son los pecados, que, con sólo su contacto, podrían matar el Árbol de la Vida. Ni siquiera hay que permitir que lo alcancen con su aliento, es decir, los pecados veniales, que son siempre muy peligrosos si no les damos importancia.

76) 5) Hay que regar continuamente este árbol divino, con la Comunión, la Misa y otras oraciones públicas y privadas, sin lo cual dejaría de dar fruto.

77) 6) No hay que acongojarse si el viento le agita y sacude, porque es necesario que el viento de las tentaciones sople para derribarle, y que las nieves y heladas le rodeen para perderle; es decir, que esta devoción a la Santísima Virgen, necesariamente ha de ser acometida y contradicha; pero con tal que se persevere en cultivarla nada hay que temer.

3) Su fruto duradero: Jesucristo.


78) Si así cultivas tu Árbol de la Vida, recientemente plantado en ti por el Espíritu Santo, yo te aseguro, alma predestinada, que en poco tiempo crecerá tan alto, que las aves del cielo harán morada en él y vendrá a ser tan perfecto que dará a su tiempo el fruto de honor y de gracia, es decir, el amable y adorable Jesús, que siempre ha sido y siempre será el único fruto de María.
Dichosa el alma en quien está plantado el Árbol de la Vida, María; más dichosa aquella en que ha podido crecer y florecer; dichosísima aquella en que da su fruto; pero la más dichosa de todas es aquella que goza de su fruto y lo conserva hasta la muerte y por los siglos de los siglos. Amén.

I. El acto de Consagración
y sus consecuencias


            «Os consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, dejándoos entero y pleno derecho de disponer de mí y de cuanto me pertenece, sin excepción, según vuestro beneplácito».

Domingo                                              1º Dependencia activa

            1º Hijo mío: ¿Has renovado a diario desde tu despertar, y después a menudo entre el día, tu acto de entrega total a Jesús por mis manos? ¿Lo has hecho seriamente, conscientemente, con la idea bien clara y la voluntad decidida de que me abandonas realmente la propiedad de todo cuanto entra en esta donación?
            2º ¿Has vivido en la convicción y en el habitual pensamiento de que me perteneces realmente y por entero? ¿Has respetado mis derechos de posesión sobre todo cuanto me abandonaste, cuerpo y alma, sentidos y facultades, bienes y fuerzas, no sirviéndote de todo ello más que a mi intención y con mi aprobación?
            3º ¿Me has dicho habitualmente, al menos alguna vez durante el día, si podías utilizar este cuerpo, estos sentidos, estas facultades, es­tos bienes que me concediste?
            4º Este cuerpo que me consagraste, ¿lo has tratado únicamente según mis intenciones y deseos? ¿Lo has alimentado y cuidado convenientemente, evitando negligencia, no usando y malgastando sus fuerzas? ¿Lo has halagado, adulado, mimado, satisfaciendo todas sus exigencias y caprichos? ¿No has hecho de él un objeto de vanidad ridícula y culpable, buscando atraer las miradas de las criaturas? ¿Has tratado y vestido este cuerpo con gran modestia? ¿No has hecho de él un instrumento de pecado, de escándalo, por trazas y costumbres ligeras, llamativas o culpables? ¿Has castigado y reducido a servidumbre este cuerpo pecaminoso con la práctica valiente de la mortificación cristiana, restringiendo todo lo que es lujo y superfluo en el descansar, en las comidas, en los muebles, en los vestidos, etc., yendo con valentía a estorbarle en sus gustos y preferencias?
            5º Estos ojos de un esclavo de amor, ¿no han sido empleados en miradas peligrosas o culpables, en lecturas mundanas o en espectáculos prohibidos, o al menos en curiosidades vanas y en miradas inútiles?
            6º Estos oídos, ¿no han servido para oír canciones que turban, conversaciones peligrosas, en oír aquello que no te incumbía, o en cualquier uso solamente curioso?
            7º Esta boca o lengua, ¿no te han servido para charlas contrarias a la modestia, a la caridad, o has hablado en horas en que por la Regla o el Reglamento debías guardar silencio por razón de tu deber?
            8º Tu imaginación y tu inteligencia, ¿las has utilizado según mis deseos? ¿Las has hecho aplicarse generosamente, según los deberes de tu estado, al estudio, a reflexionar, a meditar, a orar? ¿No hubo en tus ejercicios de piedad distracciones consentidas, o más bien rechazadas con molicie? ¿No tienes que reprocharte pensamientos peligrosos, imaginaciones ligeras y sensuales, ensueños malsanos, curiosidades desordenadas?
            9º Tu corazón, ¿no ha consentido en antipatías naturales, evi­tando las personas que no te agradan, criticando sus defectos, ponién­doles mala cara y negándote a ayudarles? Y en tu corazón, ¿no se ha deslizado algún afecto demasiado natural, demasiado vivo o sensual, que no entra para nada en las exigencias del estado de vida que tienes?
            10º Tu voluntad, ¿ha estado habitualmente unida a la de Jesús y la mía? Y de ordinario, ¿no buscas tu propia voluntad, sin preocuparte en conocer y realizar ante todo la de Dios? Tu divisa, ¿no ha sido la del verdadero esclavo de amor: «No mi voluntad sino la vuestra, oh Jesús, oh María»?
            11º Tus bienes temporales son míos... ¿Has hecho uso de ellos con poco apego, sin depender de ellos? ¿No tienes un apego excesivo a estos objetos: dinero, muebles, alhajas, vestidos? ¿No hay en tu vida un lujo exagerado? ¿Has gastado en compras inútiles? ¿Has tenido en cuenta mis deseos de dar una parte de tus bienes a obras piadosas o caritativas: los pobres, las Misiones, las obras de propaganda mariana? ¿Has vivido mirando hacia la sencillez y pobreza de Jesús y de tu Madre?
            12º ¿Qué uso has hecho de tus fuerzas? ¿Cómo has empleado el tiempo que me estaba consagrado? ¿Lo has utilizado de un modo serio, como lo exigen tus deberes de estado y el reglamento de vida que te ha sido prescrito? ¿Has dado el tiempo necesario a tus ejercicios de piedad, al trabajo, etc.? Este precioso tiempo, ¿no se ha malgastado en naderías, en cosas inútiles? ¡Qué responsabilidad, qué cargos a la hora del juicio!
Lunes                                                    2º Dependencia pasiva

            13º Examina ahora, hijo muy amado y esclavo querido, si has respetado bien en la práctica de tu vida «este derecho pleno» que me habías reconocido «de disponer de ti y de cuanto te pertenece, según mi beneplácito». ¿Has recibido con alegría, con sumisión, o por lo menos resignado, lo que con Jesús decidí y dispuse respecto de ti?
            14º ¿Has recibido con agradecimiento la salud, y has pensado en darme gracias por ella? ¿No has sido impaciente, no has murmurado cuando tu cuerpo tuvo frío, cuando tuvo calor, hambre o sed, incomodidades o dolencias o la enfermedad?
            15º ¿Has aceptado resignado cuando lo permití, que sufrieses algún quebranto en tu reputación, cuando te mostraron menos confianza, menos afecto, cuando se te hizo la desconfianza manifiesta en lo que te concernía a ti, cuando te calumniaron o injuriaron?
            16º ¿Cuáles han sido tus sentimientos cuando tuviste que sufrir merma en tus bienes temporales, cuando tuviste que soportar los inconvenientes de la pobreza o de la indigencia?
            17º ¿Te has sentido satisfecho con humildad de los talentos que se te otorgaron, de la condición social en que vives, de la situación de que disfrutas, del cargo que tienes que cumplir, de las circunstancias en que tienes que vivir...? Todo ello es voluntad de Jesús sobre ti y es la mía.
            18º Tu alma, ¿no ha estado inquieta, turbada, descontenta, cuan­do por la prueba, la enfermedad, la muerte, disponía yo de tus fami­liares, de los seres que querías, de la Congregación a la que perteneces? Tú me has reconocido como Dueña y Soberana de cuanto es tuyo. Has de saber respetar mis derechos de soberanía...
            19º ¿Me has dejado fielmente disponer del valor comunicable y alienable de tus buenas obras y oraciones? ¿Aquí no ha habido volver a recoger o al menos sentir su falta?

II. Las prácticas interiores de la
perfecta devoción a la Santísima Virgen


Martes                                                                  1º Por María

            20º Tú me prometiste «obedecerme en todas las cosas». ¿He tenido habitualmente la directiva de tu vida y de tus actos? ¿Me has sometido tus ideas, tus juicios, tus decisiones, tus palabras, tus acciones? ¿No has contrariado conscientemente lo que yo te mostraba? ¿No has actuado por tu propio movimiento, siguiendo las impresiones de tu sensibilidad, las agudezas de tu carácter, los caprichos de tu voluntad?
            21º ¿Me has consultado en tus dudas, me has pedido habitualmente permiso para actuar, como consulta sin cesar el niñito a su madre para saber lo que debe hacer? ¿Me has dicho a menudo, con el corazón o con los labios: «Mi buena Madre, puedo hacer esto, dejo dejar aquello»?
            22º ¿Has hecho por obedecerme todo cuanto dice Jesús? ¿Has pensado, juzgado, obrado, vivido según las máximas, los preceptos y consejos del Evangelio de Jesús, y no según las máximas y el espíritu del mundo, es decir, el evangelio de Satán?
            23º Fuiste fiel desechando el pecado grave sin duda, pero ¿lo has sido también con el venial, sobre todo en la lucha contra el defecto dominante?
            24º ¿Te has aplicado seria y conscientemente a los deberes particulares de tu estado, cargos de la familia, deberes profesionales, empleos, etc.?
            25º ¿Has sido, como esclavo mío de amor, modelo de obediencia a toda legítima autoridad? ¿Has reconocido la autoridad de Jesús y la mía en tus superiores: padres, esposos, maestros, poderes civiles, superiores eclesiásticos y religiosos sobre todo, director de conciencia, etc.? ¿No ha sido tu obediencia natural, inspirada en las cualidades o defectos de los que están revestidos de este poder? ¿No has discutido y criticado las órdenes y consejos dados? ¿No hubo nunca excepciones deliberadas, quizá, en tu obedecer? ¿No has obedecido de mala gana, murmurando, con tristeza consentida o con rencor? ¿Has estado verdaderamente entregado como un niño a tus superiores, yendo hacia la obediencia en vez de esquivarla?
Miércoles
            26º ¿Has sido fiel, por depender de mí, al reglamento de vida que te he prescrito, a la santa Regla que te he propuesto? ¿Has dado fielmente a la oración, al trabajo, al estudio, a la distracción, el tiempo que se daba para estos ejercicios? ¿No hubo tal o cual punto de la regla en el que con frecuencia faltases? ¿Has sido especialmente asiduo en tus ejercicios de piedad? ¿No los has omitido, abreviado, hecho a medias o con laxitud y pereza?
            27º ¿Reconociste mi voluntad y mi dirección en todos los acontecimientos que te suceden y rodean? ¿Supiste decir amén a cuanto te consuela y alegra; pero lo mismo a todo lo que te contraría, te es molesto, te violenta, todo lo que te encoge y te hiere, todo lo que te aplana y te abruma? ¿Aceptaste generosamente de la mano de Dios y de la mía las molestias, incomodidades del mal tiempo, las contrariedades, las enfermedades, los lutos?
            28º ¿Escuchaste atento y seguiste generosamente los llamamientos de mi gracia? ¿Me has negado tal acto de caridad, tal pequeño sacrificio, tal acto de generosidad que yo te pedía? ¿No existe tal acto de virtud que con sangre fría continúas negando a tu amada Madre? ¿No habrás ahogado en tu corazón la llamada que hacía yo a una vocación más elevada, a más perfecta santidad?
            29º Y en tus ejercicios de piedad, santa Misa, sagrada Comunión, meditación, etc., ¿has sido fiel renunciando a tus propias disposiciones e intenciones? ¿Fiel uniéndote a tu Madre y Maestra, invocando su ayuda, apoyándote en su merecimiento, revistiéndote de sus virtudes? ¿Me has hecho entrega de ti mismo, como un instrumento, hundiéndote en apacible silencio, con el fin de que yo pueda orar y obrar en ti y por ti?
            30º ¿Has tenido hacia mí los sentimientos de confianza y abandono que tiene el niño para con su buena madre? ¿Has recurrido a mi solicitud materna en «todo tiempo, en todo lugar, y en todas las cosas»? ¿No has descuidado este llamamiento confiado a mi socorro en los mínimos detalles de la vida, en las indecisiones cotidianas de tu vida espiritual, en las horas dolorosas y graves de tu existencia? ¿No te dejas llevar por la agitación, la preocupación o el desaliento, en vez de abandonar sencillamente en mí todo cuanto pueda inquietarte? ¿Me confías con un abandono total la hora y circunstancias de tu muerte, el cuidado de tu perfección y de tu salvación eterna?

Jueves                                                                   2º Con María

            31º ¿He sido, después de Jesús, el modelo de perfección que habitualmente pones ante tus ojos? ¿Has sido fiel preguntándome a menudo: «Cómo haría esto mi buena Madre, si se encontrara en mi lugar»?
            32º ¿Has intentado copiar, respecto de Dios, mi absoluta docilidad de esclava del Señor? ¿Has intentado vivir mi Magnificat y buscar la gloria de Dios en cuanto haces, poniendo el amor divino en tu vida entera y viviendo con la Trinidad Santísima en tu alma, en un comercio incesante, muy respetuoso y filial?
            33º ¿Has sido fiel a Jesús en todo, por todo, no amando más que a El, no viviendo sino por El, no aspirando sino a sus intereses, a su reinado, deseando siempre una más estrecha unión con El?
            34º ¿Has imitado mi humildad? ¿Has reconocido prácticamente que tus talentos, éxitos y virtudes vienen de Dios? ¿Has considerado con frecuencia tu nada, tus defectos, tus miserias? ¿No te has puesto por encima de los demás en pensamientos, palabras o actos? ¿Has sentido alegría al ser desconocido y tenido en nada?
            35º A ejemplo mío, ¿has sido verdaderamente caritativo, amando al prójimo por Dios y por mí? ¿Has perdonado toda falta e injuria y soportado con paciencia los defectos de los que te rodean? ¿Has sido amable y atento a los deseos de los demás? ¿Has procurado prestar servicios y dar gusto? ¿No has sido cobarde y egoísta cuando había que molestarse, cansarse para servir al prójimo y hacer buenas obras? ¿No has juzgado severamente, sospechando el mal con ligereza o hablando inútilmente de los defectos ajenos?
            36º ¿Cuál ha sido tu actitud hacia Satanás y hacia el pecado? Yo soy odio viviente..., ¿y tú? ¿Luchaste con valentía contra el pecado mortal o venial, hasta contra toda imperfección voluntaria, contra todo lo que puede en algún grado manchar o empañar la belleza de tu alma? ¿Trabajaste particularmente en ser perfectamente puro y casto según tu estado de vida, en pensamientos, imaginaciones, palabras, lecturas, y en toda tu conducta? ¿Tuviste odio de todo lo que bajo cualquier pretexto conduce al mal, al pecado?
            37º ¿Has renunciado a la falsa sabiduría del mundo, que es opuesta al Evangelio de Jesús? ¿Has combatido contra las seducciones del demonio o contra los negocios del mundo: placeres funestos, diversiones peligrosas, lecturas que turban, modas malditas? ¿No habrás hecho obra de Satanás con tu vestir que te convertiría en sembrador de pecado? ¿Con valentía y con constancia te has puesto del lado de Jesús y mío, y has trabajado cuanto has podido para impedir el mal, el pecado, la impureza, el escándalo, los excesos?

Viernes                                                                    3º En María

            38º ¿No te has dejado llevar de una vida disipada, frívola, no te han absorbido completamente tus ocupaciones del exterior hasta el punto de olvidar la vida interior con Dios, Jesús y su Madre, que tanto te aman?
            39º ¿Has procurado entrar en ti a menudo para encontrarme en el fondo de tu alma, ayudándote para ello de pequeñas prácticas que te había enseñado: Avemaría al dar la hora, imagen, medalla, sello mariano en tu vestir, jaculatorias, inscripción mariana en cada página escrita, bendición que pides al salir de la habitación, etc.?
            40º ¿Has intentado vivir bajo mi mirada todas tus horas de oración, de trabajo, de descanso y de entretenimiento, como el niño siente la necesidad de estar cerca de su madre?
            41º ¿Trataste de retirarte al fondo del santuario de tu alma, para encontrarme con Jesús en un frente a frente delicioso? ¿Llegará tu alma a respirarme como sin cesar tus pulmones respiran el aire?

Sábado                                                                4º Para María

            42º De ordinario, ¿cuál es el motivo que inspira o determina tus actos? ¿Cuántas veces los has hecho por amor a tus comodidades, vanidad y amor propio, para agradar a tal o cual criatura? ¡Esto no es ser esclavo de Jesús, esclavo de María!
            43º ¿Has pensado con frecuencia en ofrecer tus acciones por amor de Jesús y mío, para glorificarnos y para agradarnos? ¿Has repetido a menudo: «Todo por Jesús, todo por María, todo por amor tuyo, Madre mía amadísima»?
            44º ¿Ha sido mi reinado el ideal de tu vida, para llegar al bendito reinado de Cristo Rey? ¿Has pensado en ello en tus momentos libres? ¿Has ofrecido por esta intención tus horas de trabajo, sobre todo el que te resulta penoso? ¿Tus oraciones, sufrimientos, contrariedades y pruebas? ¿Surge en tu mente todos los días ofrecer a este fin tu última enfermedad, tu agonía y tu muerte?
            45º ¿Has tratado de atraer todo el mundo a mi servicio y a mi verdadera y sólida devoción? ¿No has tenido pereza o cobardía, y por eso desperdiciaste a menudo las ocasiones de darme a conocer, a amar, y de que me sirvieran del modo más perfecto?

Conclusión

            Ha terminado el examen de conciencia. Humíllate profundamente ante tu gloriosa Reina, al ver las numerosas faltas de que has sido culpable... ¡Perdón, oh Madre divina, por haberte sido tan infiel! No quiero desanimarme: voy a trabajar con energía y con perseverancia para ser un hijo más dócil y un esclavo más fiel. Te prometo, querida Soberana, velar especialmente sobre este punto..., en aquella ocasión... Ayúdame con tu gracia todopoderosa. En fin, con Jesús, tu tesoro, dígnate, Madre, bendecirme.
            No te apures al ver la distancia que te queda por recorrer. Tu misma Madre Inmaculada ha de ser tu «camino fácil, corto, perfecto y seguro», dice San Luis María Grignion de Monfort.

            ¡Madre mía, dame tú lo que me mandas, y mándame lo que quieras!

Consagración de sí mismo

a Jesucristo, la Sabiduría encarnada,
por las manos de María

            ¡Oh Sabiduría eterna y encarnada! ¡Oh amabilísimo y adorable Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo único del Padre eter­no y de María, siempre Virgen!
            Os adoro profundamente en el seno y en los esplendores de vues­tro Padre, durante la eternidad, y en el seno virginal de María, vuestra dignísima Madre, en el tiempo de vuestra Encarnación.
            Os doy gracias porque os habéis anonadado, tomando la forma de esclavo, para sacarme de la cruel esclavitud del demonio.
            Os alabo y glorifico, porque os habéis dignado someteros a María, vuestra santísima Madre, en todas las cosas, a fin de hacerme por Ella vuestro fiel esclavo.
            Pero, ¡ay!, ingrato e infiel como soy, no he guardado los votos y las promesas que tan solemnemente hice en mi bautismo; no he cumplido mis obligaciones; no merezco ser llamado vuestro hijo ni vuestro esclavo; y como en mí nada hay que no merezca vuestra repulsa y vuestra cólera, no me atrevo por mí mismo a acercarme a vuestra santa y augusta Majestad.
            Por eso recurro a la intercesión de vuestra santísima Madre, que me habéis dado como mediadora ante Vos; y por su intermedio espero obtener de Vos la contrición y el perdón de mis pecados, la adquisición y la conservación de la Sabiduría.
            Dios te salve, pues, ¡oh María Inmaculada!, Tabernáculo vivien­te de la Divinidad, en donde la Sabiduría eterna escondida quiere ser adorada por los ángeles y por los hombres.
            Dios te salve, ¡oh Reina del cielo y de la tierra!, a cuyo imperio está sometido todo cuanto hay por debajo de Dios.
            Dios te salve, ¡oh Refugio seguro de los pecadores!, cuya misericordia a nadie ha faltado; escuchad los deseos que tengo de la divina Sabiduría, y recibid para ello los votos y las ofrendas que mi bajeza os presenta.
            Yo, N…, pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en vuestras manos los votos de mi bautismo. Renuncio para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y me doy por entero a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida. Y a fin de que le sea más fiel de lo que le he sido hasta ahora, os escojo hoy, ¡oh María!, en presencia de toda la corte ce­lestial, por mi Madre y Señora. Os entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y aun el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras, dejándoos entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que me pertenece, sin excepción, según vuestro beneplácito, y para la mayor gloria de Dios, en el tiempo y en la eternidad.
            Recibid, ¡oh Virgen benignísima!, esta pequeña ofrenda de mi esclavitud, en honor y unión de la sumisión que la Sabiduría encarnada se ha dignado tener a vuestra maternidad; en homenaje del poder que ambos tenéis sobre este pequeño gusanillo y miserable pecador; y en acción de gracias por los privilegios con que os ha favorecido la Santísima Trinidad.
            Protesto que en adelante quiero, como verdadero esclavo vuestro, procurar vuestro honor y obedeceros en todas las cosas.
            ¡Oh Madre admirable!, presentadme a vuestro querido Hijo en calidad de esclavo eterno, a fin de que, habiéndome rescatado por Vos, me reciba también por Vos.
            ¡Oh Madre de misericordia!, concededme la gracia de alcanzar la verdadera Sabiduría de Dios, y de colocarme, por ende, en el número de los que Vos amáis, enseñáis, guiáis, alimentáis y protegéis como a hijos y esclavos vuestros.

            ¡Oh Virgen fiel!, hacedme en todas las cosas tan perfecto discípulo, imitador y esclavo de la Sabiduría encarnada, Jesucristo, vuestro Hijo, que llegue, por vuestra intercesión y a vuestro ejemplo, a la plenitud de su edad sobre la tierra y de su gloria en los cielos. Amén.

Ofrecimiento de sí mismo
para el reino de Jesús por María

            Corazón amable y adorable de Jesús, Rey de amor y Rey de gloria, que has estado siempre y totalmente entregado a las cosas de tu Padre; que no has buscado tu gloria, sino la del Padre que te envió; que has dedicado tu vida a una obra única, que dominaba y contenía todas las demás, la glorificación del Padre y el reino de Dios; que has pedido este reino y nos has enseñado a buscarlo y a pedirlo; que has deseado ardientemente ser bautizado con un bautismo de sangre para realizar tu ideal divino; quiero entrar en las más ocultas profundidades de tu Corazón y de tu vida, y asociarme a tu misión divina, teniendo la humilde pero firme confianza de que te dignarás aceptarme, siendo como soy nada y pecado, porque eres la misericordia infinita.
            Oh Jesús, mi deseo, mi aspiración, mi esperanza y mi único ideal es que reines en las almas como Soberano incontestado, que tu rei­no se apodere de ellas hasta en sus más intimas profundidades, y que reines pronto, oh divino Maestro. «Adveniat regnum tuum! Amen, veni, Domine, et noli tardare: ¡Ven a reinar, Señor, y no tardes!».
            Me acuerdo, Maestro adorado, que no has querido venir a este mundo más que dependiendo de tu Madre de muchas maneras… Ella te fue indisolublemente asociada por el Padre en el anuncio, la preparación, la realización y las consecuencias de tu venida. Ella es para ti, celestial Adán, una Eva amante y fiel en todos tus trabajos, en todos tus misterios, sobre todo en los más dolorosos. Por eso creo firmemente que sólo por Ella concluirás lo que por Ella comenzaste; que no triunfarás sino con Ella y por Ella, y que con Ella y por Ella Tú reinarás. A tu reino universal y plenario, oh Rey de amor, has puesto una condición indispensable e infalible: ¡el reino de tu santísima Madre! Y has puesto en mi corazón, al igual que en el de tus grandes preferidos, Juan, Margarita María, Montfort y tantos otros, una gran inclinación hacia esta divina Madre. ¡Me has entregado a Ella como su hijo y esclavo de amor!
            ¿Qué esperas, pues, de mí, Maestro, sino que mi alma y toda mi vida pase en este grito suplicante?:
Ut adveniat regnum tuum,
adveniat regnum Mariæ!
¡Para que venga a nosotros tu reino, Jesús,
haz llegar el reino de tu Madre!
            Reina gloriosa y Madre amadísima, Jesús mismo es quien me entrega a Ti: «Ecce venio!: ¡Aquí me tienes!». Aquí tienes a tu esclavo, que desea ardientemente ser tu apóstol silencioso y oculto. Me entrego y me consagro enteramente y para siempre a tu reino ardientemente deseado. Tu reino, Reina mía, será el gran pensamiento de mi vida, la pasión de mi corazón; será mi sueño, mi dicha y mi tormento, la vida de mi vida, el alma de mi alma. Será el ideal único, hacia el que convergirán todas las energías de mi ser.
            Para tu reino bendito, amadísima Soberana, te entrego todos los instantes de mi vida, tanto los más humildes como los más solemnes, los más tristes como los más consolados. Te doy todas las horas de trabajo y todas mis horas de oración, aún más preciosas; te ofrezco todas mis horas de sacrificios y sufrimientos, sobre todo los más temidos y sombríos, y las horas de humillación y de abandono, de disgusto y de tristeza, mis dolencias y mi última enfermedad, mi lucha suprema y mi muerte.
            ¡Ojalá que en todo instante, Soberana mía, como un grano de trigo, caiga yo en tierra y muera para darte una rica mies de gloria y una rica mies de almas!
            ¡Ojalá que sepa disminuirme y desaparecer cada vez más para que Tú crezcas, Reina mía, en las almas, y a fin de que Tú sola glorifiques a Jesús!

            ¡Levántate, pues, oh María, y apresúrate a reinar! ¡Apresúrate, Reina, a reinar en todos los corazones, para someterlos plenamente al imperio de amor de tu grande y único Jesús! Amén.
 Fórmula,para decir cada día

            Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre mía, Reina gloriosa del mundo y Reina de mi corazón, me doy y me entrego enteramente a Ti, no sólo como tu esclavo, sino también para ser el apóstol oculto de tu reino.
            Te ofrezco especialmente este día, cada uno de sus instantes, tanto los más insignificantes como los más importantes; te ofrezco mis trabajos, mis oraciones y mis sacrificios, mis dolores, mis humillaciones, todo este día en fin. Te ofrezco de nuevo la jornada entera de mi vida, sobre todo su atardecer con sus tinieblas y terrores, mi última enfermedad, mi agonía y mi muerte, por tu reino y especialmente por tu reino en…
            Por cada mirada y cada palabra, por cada paso y cada suspiro, por cada latido de mi corazón y cada aspiración de mi voluntad, quiero repetir sin cesar:

¡Levántate, oh María, y apresúrate a reinar!
¡Ven, y serás coronada!
Ut adveniat regnum tuum,
adveniat regnum Mariæ!
Amén.
La Virgen Santísima pide que hagamos cenáculos, ya que, a través del acto de consagración que hacemos al final, entramos en su Corazón Inmaculado, para prepararnos allí a recibir el Espíritu de Amor, el Espíritu Santo.
1) Para eso, iniciar el Cenáculo siempre con la invocación que Ella misma nos enseñó en su mensaje del 7/6/81: "VEN ESPÍRITU SANTO, VEN POR MEDIO DE LA PODEROSA INTERCESIÓN DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA, TU AMADÍSIMA ESPOSA" (3 veces).
2) Oración del Santo Rosario, meditando los misterios, delante de una imagen de la Santísima Virgen. Al final, rezar por el Papa y sus intenciones, un Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Los cánticos son libres, pero deben preferirse los marianos.
3) Lectura de uno de los mensajes del libro "A los Sacerdotes hijos predilectos de la Santísima Virgen". Breve comentario. Pero "no es parte del espíritu de los encuentros pasar el tiempo oyendo sabias conferencias ya que habría el peligro de transformar el Cenáculo en academia y la Fraternidad en polémica" (P. Gobbi).
4) Un poco de catecismo. (Solamente en los Cenáculos familiares).
5) Fraternidad. Para que nos conozcamos, nos ayudemos mutuamente para seguir adelante y nos amemos siempre más.
6) Acto de consagración. Si hubiese celebración de la Santa Misa o Bendición con el Santísimo, la Consagración se hace antes de la Comunión o de la Bendición, ya que María, con la consagración nos toma en sus brazos y nos da a Jesús
7) Acción de Gracias. Después de la Comunión, decir a Jesús lo que la Virgen Santísima nos enseñó: "JESÚS, TÚ ERES NUESTRO AMOR, JESÚS TÚ ERES NUESTRO ÚNICO GRAN AMIGO; JESÚS, NOSOTROS TE AMAMOS; JESÚS, NOSOTROS ESTAMOS APASIONADOS POR TI". Mensaje del 21/8/87.
PROMESAS DE LA SANTÍSIMA VIRGEN
"La Santísima Virgen hace las siguientes Promesas a las familias que realizan cenáculos:
1) Ayudará a vivir la santidad del Matrimonio, principalmente a permanecer unidos y a ser fieles, a vivir el carácter sacramental de la unión familiar. Hoy, cuando está aumentando el número de las familias divididas por el divorcio, Nuestra Madre nos quiere ver unidos bajo su manto, siempre en el amor.
2) Nuestra Santísima Madre quiere ayudar a los hijos de estas familias. Actualmente existe para muchos jóvenes el peligro de perder la fe, siguiendo por el camino del mal, del vicio, de la droga. La Madre Santísima ayuda a estos hijos y promete que como madre estará atenta al lado de ellos para hacerlos crecer en el bien y salvarlos.
3) Nuestra Madre dice que estará siempre cerca de todas las necesidades tanto de orden espiritual como material.
4) Durante el período del castigo, Ella protegerá a estas familias abrigándolas bajo su manto. Por eso yo les invito a que multipliquen en todo el mundo estos Cenáculos de oración". (P. Stefano Gobbi)
Milán, 31 de diciembre de 1993
Última noche del año
Grande es mi preocupación
“Hijos predilectos, pasad Conmigo las últimas horas de este año que está para acabar, en la oración y en el recogimiento.
No os dejéis apoderar por la disipación, el ruido y las diversiones, con las que pasan estas horas la mayor parte de mis pobres hijos.
Leed en el silencio los signos de vuestro tiempo y asociaos a mi gran preocupación por lo que os espera.
Grande es mi preocupación, porque esta humanidad, tan enferma, continúa en su obstinado rechazo de Dios y de su Ley de amor.
De tantas maneras y con muchos signos e intervenciones extraordinarias, he intervenido durante este año para invitarla a la conversión y a su retorno al Señor.
Pero no he sido escuchada.
El Nombre del Señor es vilipendiado y su día es cada vez más profanado.
El egoísmo sofoca el corazón de los hombres, que se han vuelto fríos y cerrados por una gran incapacidad de amar.
El valor de la vida es despreciado; aumentan las violencias y homicidios; se recurre a cualquier medio para impedir el nacimiento de nuevas criaturas; se multiplican por doquier los abortos voluntarios, estos terribles delitos que gritan noche y día venganza ante la presencia de vuestro Dios; la impureza se propaga como una marea de fango que todo lo arrolla.
La copa de la divina Justicia está colmada y rebosante.
Yo veo el castigo con el que la misericordia de Dios quiere purificar y salvar esta pobre humanidad pecadora.
¡Qué grandes y numerosos son los sufrimientos que os esperan, mis pobres hijos tan insidiados y engañados por Satanás, el Espíritu de la mentira que os seduce y os arrastra a la muerte!
Grande es mi preocupación, porque mi Iglesia está a merced de las fuerzas del mal que la amenazan e intentan destruirla desde dentro.
La masonería, con su poder diabólico, ha puesto su centro en el corazón mismo de la Iglesia, donde reside el Vicario de mi Hijo Jesús y desde allí difunde su maléfico influjo en todas partes del mundo.
Ahora ella va a ser nuevamente traicionada por los suyos, cruelmente perseguida, y conducida al patíbulo.
Yo veo que la persecución sangrienta está ya a las puertas y cuántos de vosotros seréis dispersados por el impetuoso viento de este huracán espantoso.
Participad en estas horas en esta mi gran preocupación y uníos todos a mi oración de intercesión y de reparación.
Multiplicad por todas partes los Cenáculos de oración, que Yo os he pedido, como lugares seguros, como refugios donde protegeros de la tremenda tormenta que os espera.
En los Cenáculos sentiréis mi extraordinaria presencia.
En los Cenáculos experimentaréis la seguridad y la paz que os da vuestra Madre Celestial.
En los Cenáculos seréis preservados del mal y defendidos de los grandes peligros que os amenazan.
En los Cenáculos seréis formados por Mí en la confianza y en una gran esperanza.
Porque el Cenáculo es el lugar de vuestra salvación que la Madre Celestial ha preparado para vosotros en estos últimos tiempos en los que la gran prueba ya ha llegado para todos.”

Virgen de Fátima, Madre de Misericordia, Reina del Cielo y de la Tierra, refugio de los pecadores, nosotros del Movimiento Sacerdotal Mariano, llamados a formar el escuadrón de tus sacerdotes, hoy nos consagramos de un modo especialísimo a tu Corazón Inmaculado.
Con este acto de consagración queremos vivir contigo y por medio de Ti todos los compromisos asumidos con nuestra consagración bautismal y sacerdotal; nos comprometemos además a realizar en nosotros aquella conversión interior que nos libre de todo apego humano a nosotros mismos, a la honra, a las comodidades, a los compromisos fáciles con el mundo, para estar, como Tú, sólo disponibles para hacer siempre la voluntad del Señor.
Y mientras queremos confiarte, oh Madre dulcísima y misericordiosa, nuestro sacerdocio, para que Tú dispongas de él para tus designios de salvación en esta hora decisiva que pesa sobre el mundo, nos comprometemos a vivirlo según tus deseos; en particular, a un renovado espíritu de oración y de penitencia, a la celebración fervorosa de la Sagrada Eucaristía y de la Liturgia de las Horas, el rezo cotidiano del Santo Rosario, el ofrecimiento de la Santa Misa a Ti el primer Sábado de cada mes y un modo de vida austero y religioso, que sea un buen ejemplo para todos.
Te prometemos además la máxima fidelidad al Evangelio del cual seremos siempre anunciadores íntegros y valientes hasta derramar nuestra sangre, si fuese necesario, y fidelidad a la Iglesia, para cuyo servicio hemos sido consagrados.
Sobre todo queremos estar unidos al Santo Padre y a la Jerarquía con la firme adhesión a todas sus directivas, para oponer así una barrera al proceso de oposición al Magisterio que amenaza los fundamentos mismos de la Iglesia.
Bajo tu maternal protección queremos ser también los apóstoles de esta -hoy tan necesaria- unidad de oración y de amor al Papa sobre el cual invocamos de Ti una especial protección.
Finalmente te prometemos llevar a los fieles que nos han sido encomendados a nuestro ministerio, a una renovada devoción hacia Ti.
Conscientes de que el ateísmo ha hecho naufragar en la fe a un gran número de fieles; de que la desacralización ha entrado en el Templo Santo de Dios sin ni siquiera preservar a muchos sacerdotes hermanos nuestros; de que el mal y el pecado se propagan cada vez más en el mundo, nos atrevemos a levantar, confiados, los ojos a Ti, Madre de Jesús y Madre nuestra misericordiosa y poderosa, y también hoy, invocar y esperar de Ti la salvación para todos tus hijos, ¡Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!
ACTO DE CONSAGRACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA
Para los religiosos y laicos que se adhieren al Movimiento Mariano
Virgen de Fátima, Madre de Misericordia, Reina del Cielo y de la Tierra, refugio de los pecadores, nosotros, adhiriéndonos al Movimiento Mariano, nos consagramos de un modo especialísimo a Tu Corazón Inmaculado.
Con este acto de consagración queremos vivir Contigo y por medio de Ti, todos los compromisos asumidos con nuestra consagración bautismal; nos comprometemos a realizar en nosotros aquella conversión interior, tan requerida por el Evangelio, que nos libre de todo apego a nosotros mismos y a los fáciles compromisos con el mundo, para estar, como Tú,  sólo disponibles para hacersiempre la Voluntad del Padre.
Y mientras queremos confiarte, Madre dulcísima y misericordiosa, nuestra existencia y vocación cristiana, para que Tú dispongas de ellas para Tus designios de salvación en esta hora decisiva que pesa sobre el mundo, nos comprometemos a vivirla según Tus deseos, en particular por lo que se refiere a un renovado espíritu de oración y de penitencia, a la participación fervorosa en la celebración de la Eucaristía y al apostolado, al rezo diario del Santo Rosario y un austero modo de vida, conforme al Evangelio, que sea un buen ejemplo para todos en la observancia de la Ley de Dios, en el ejercicio de las virtudes cristianas, especialmente de la pureza.
Te prometemos también estar unidos al Santo Padre, a la Jerarquía y a nuestros Sacerdotes, para oponer así una barrera al proceso de contestación al Magisterio, que amenaza los fundamentos mismos de la Iglesia.
Bajo Tu protección queremos también ser los apóstoles de esta hoy tan necesaria unidad de oración y de amor al Papa sobre el cual invocamos de Ti una especial protección.
Finalmente, te prometemos llevar a las almas con las cuales entremos en contacto, en cuanto nos sea posible, a una renovada devoción hacia Ti.
Conscientes de que el ateísmo ha hecho naufragar en la fe a un gran número de fieles, de que la desacralización ha entrado en el Templo Santo de Dios, de que el mal y el pecado se propagan cada vez más en el mundo, nos atrevemos a levantar, confiados, los ojos a Ti, Madre de Jesús y Madre nuestra misericordiosa y poderosa, también hoy, invocar y esperar de Ti la salvación para todos tus hijos. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!